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Pero un día decidió cambiar el menú. Y eligió a una mujer. Cuando sonó el timbre y abrió la puerta supo instintivamente que la noche sería inolvidable. Había elegido a una morena, delgada, de pecho pequeño, casi infantil y pelo negro muy largo, más allá de la cintura. Mientras le servía una copa a su chica de compañía valoraba positivamente su gusto sobrio en el vestir. Un traje de chaqueta gris oscuro con falda de tubo que alargaba aún más sus piernas rematadas con unos zapatos de altísimo tacón de aguja y enfundadas en medias de color humo. La melena brillaba con tonos azulados, suelta, casi agresiva, enmarcando una cara enigmática y seria. Pero cuando sonreía sus dientes blancos y uniformes iluminaban su gesto y transmitía una sensación de tranquilidad y relax.

Conectaron muy bien, charlando y apurando una botella de vino blanco. Ella no estaba en absoluto nerviosa. Paladeaba el vino y se recreaba en la situación y el momento, esperando tranquilamente a que su acompañante tomara la iniciativa. No se consideraba lesbiana, pero era consciente del atractivo casi primario de la mujer que estaba sentada frente a ella, con las piernas cruzadas, mostrando unos muslos finos y fuertes, dejando oscilar cadenciosamente uno de sus zapatos, medio quitado, sujeto con la punta del pie en un gesto casual.

No se preocupaba por lo que vería un hombre en ella para desearla sino en que su tanga estaba húmedo hace rato por la promesa del placer que daría y recibiría de ella. A través de la pequeña prenda podía casi sentir un intercambio de energía, sutil, osmótico, con la belleza morena. En un momento se concentró en lo que se antojaba un juego infantil: comunicarse con la mujer desde su centro, desde su sexo, desde su coño húmedo. Y lo que parecía imposible, absurdo, se produjo. La mujer calló un instante, sonrió y dejó la copa en la mesa junto al sofá. Se levantó lentamente y comenzó a desabrochar su chaqueta, mirando fijamente a su anfitriona como diciendo, "voy a cumplir la orden que no has pronunciado pero que ha llegado a mí con toda claridad...".

La chaqueta quedó sobre los cojines del sofá. Siguió el mismo camino la camisa de seda y la falda de tubo. Se quitó los zapatos y se acercó a ella de puntillas, oscilando sus caderas hasta pararse delante.

Un pequeño top de piel de ángel marcaba sus curvas y sus senos breves mucho mejor que si hubiera estado desnuda. El elegante brillo de la tela y la sensación de tacto sedoso invitaban a dejarla puesta más que a despojarla de ella. Unas braguitas amplias, como pantaloncitos, del mismo material pero muy altas en los laterales. Unas medias con liga y un elaborado diseño de blonda, llegaban hasta medio muslo.

Y un aroma tenue que llegaba desde su cuerpo embriagando los sentidos, saltando las últimas barreras mentales, atrayendo, inclinando a la caricia y al contacto de las pieles.

Ella misma tomó su camisola desde abajo, con sus largos dedos, y fue subiéndola hasta sacarla por la cabeza. Los pequeños pezones apuntaban a la anfitriona con insolencia. Los pechos apenas sobresalían, como los de un muchacho, pero esa apariencia andrógina era una mera fachada. El cuerpo entero proclamaba con rotundidad una feminidad exótica y salvaje.

La anfitriona tomó la cinturilla de las bragas y las bajó muy lentamente. Aprovechó para sentir levemente el roce con la parte alta del muslo y las medias. La mujer apenas se movió. Se limitó a levantar los pies alternativamente para permitirle deshacerse de la prenda íntima.

Ante la señora aparecía un cuerpo magnífico, como un junco, tremendamente sensual. El coñito, depilado cuidadosamente, hacía un mohín vertical con inesperadamente gruesos labios en un cuerpo tan delgado. La mujer los separó con sus manos mientras colocaba las rodillas en el sofá, a cada lado de la anfitriona, dejando su intimidad a la altura de su boca.

Miró directamente a sus ojos, brillantes de deseo, sin perder su enigmática sonrisa. Agitó levemente su cabeza, como sacudida por una corriente, coincidiendo con una caricia furtiva sobre su clítoris. Su melena se desparramó silenciosamente sobre sus hombros y cayó hacia delante, ocultando en parte sus senos.

La anfitriona tomo las nalgas de la chica con sus manos, ahuecando las palmas y recibiendo su carne. El tacto era delicioso. Como delicioso fue el coñito de la chica cuando por fin unió sus labios a la sedosa vulva y su lengua comenzó a explorar los caminos de Lesbos...

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