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Una velada íntima, con poca gente, es siempre más agradable que las
fiestas tumultuosas con un montón de personas deambulando por la casa,
bebiendo demasiado y organizando ruido. Esta prometía ser tranquila.
Poder charlar sin levantar el tono de voz más de lo necesario, sin meter
la boca en el oído del interlocutor y terminar con ronquera era algo que
siempre se agradecía. En lugar de bacalao o tecno, música new age sin
más pretensiones que crear un ambiente agradable.
La casa donde se celebraba el encuentro era muy grande. En la planta
baja un enorme salón con chimenea, cocina, cuarto de baño y dos
habitaciones que hacían funciones de sala de estar y
biblioteca-despacho. En la planta alta varios dormitorios, cuartos de
baño y una pequeña buhardilla con un gran ventanal en el techo, muy
sugerente para observar estrellas o ver amanecer desde un cómodo sofá.
En el sótano una bodega con hileras de botellas de buen vino que
hablaban de los gustos caros y exquisitos de la dueña, una gran mesa de
madera con bancos rústicos alrededor y una zona de juegos con diana de
dardos, mesa de billar y un equipo de música con plato para los viejos
discos de vinilo. Todo insonorizado.
En el exterior una galería, porche y jardines con piscina
climatizada. En un extremo de la arboleda, casi oculto de las miradas
desde la casa, un pequeño pabellón de madera acristalado a modo de
invernadero y trastero.
Perfecto para pasar largas temporadas de relax sin preocuparse de lo
que ocurre en el mundo. Un auténtico refugio autosuficiente.
La dueña de aquella casa era una mujer madura, conocida de Elena
desde hacía poco tiempo. Se habían encontrado en una representación de
teatro clásico en unos festivales de verano. Tenían butacas contiguas y
al terminar el espectáculo comentaron sobre él. La charla continuó con
unas copas por delante hasta altas horas de la noche.
Al salir y tomar un taxi la mujer invitó a Elena a una última copa en
su casa. Elena aceptó y fue cuando conoció la espléndida propiedad de su
anfitriona. Ésta la acompañó a una de las habitaciones de la planta
superior preparada para los invitados ocasionales. Cuando estaba
saliendo de la ducha envuelta en una toalla escuchó un leve toque en la
puerta. Abrió y encontró a su anfitriona con una bata de seda y una
bandeja con una botella de champán y algunas cosas para picar.
La conversación se hizo más personal. La mujer contó a Elena cómo
había estado casada con un industrial dueño de importantes empresas del
sector químico y farmacéutico. Esto le permitió construir la casa donde
se encontraban que venía a ser su refugio mientras su marido estaba en
interminables reuniones de trabajo, viajes de negocios y veladas con
socios y "azafatas" de compañía.
Después de años de matrimonio la relación se enfrió y ella no aguantó
más junto aun hombre que no sólo estaba entregado a su trabajo casi por
completo sino que además, en sus escasos ratos libres, manifestaba su
predilección por el sexo masculino trayendo a casa a varios amigos y
subordinados de la empresa que ascendían de forma meteórica tras algunos
fines de semana de visitas y "cenas de trabajo" en el chalet. Ella nunca
asistía a estas reuniones. No es que su marido le lo prohibiera.
Simplemente le insinuaba que serían muy aburridas, que tratarían
cuestiones de empresa y macroeconomía, temas muy tediosos para los no
iniciados.
Poco sospechaba el marido el buen uso que había hecho ella de la
opción "monitor" de la webcam instalada encima del ordenador del
despacho. Era un sencillo software que permitía grabaciones con la
pequeña cámara y que se activaban con un sensor de movimiento incluido
en la misma. "Perfecto para vigilancia en su negocio u oficina", según
el manual de instrucciones. Pero en este caso, tras varios megas de
anodinas imágenes pudo contemplar una vista cercana y muy reveladora de
su propio marido hincado de rodillas ante un joven economista recién
contratado al que estaba haciendo una mamada de ensueño. Ella no hubiera
puesto más reparo a las tendencias bisexuales de su esposo. Pero siempre
que ella recibiera en la cama una atención semejante. Estaba dispuesta
incluso a compartirle en un trío o un intercambio, pero no a quedarse
aparcada como un coche averiado y tener que recurrir sistemáticamente a
sus consoladores o al recurso de la infidelidad.
Una tarde se hartó y planteó al marido una separación rápida,
cubriendo las formas para no rebajar su estatus en la empresa y ante sus
amigos y que le permitiera a ella disponer de holgura económica de por
vida. El marido aceptó sin preguntar más.
Fue entonces cuando se mudó a la casa donde se encontraban. Comenzó
una nueva vida, discreta, refinada pero sin excesivos lujos ni
ostentación. Hizo un viaje al extranjero de seis meses, a la vuelta del
cual no volvió apenas a frecuentar los que hasta entonces habían sido
sus círculos habituales.
De ningún modo estaba dispuesta a "rehacer" su vida en la forma en
que la gente solía entenderlo después de una separación, es decir,
buscando desesperadamente una pareja con la que reproducir el modelo
anterior y los mismos errores que llevaran a la ruptura. Se mantuvo
alejada de los oportunistas que siempre habían deseado meterla en su
cama mientras estaba casada y que ahora intentaron darle un revolcón con
la pretensión de acompañarla en "estos momentos difíciles que estarás
pasando...".
Se planteó el asunto su abstinencia sexual de un modo pragmático. Y
la resolución para acaba con ella fue acudir a servicios profesionales y
perfectamente asépticos. Podía pagarse perfectamente cada quince días
una noche entera con un joven siempre distinto, experimentado, de
higiene garantizada, discreción y resultados altamente satisfactorios.
La agencia de "modelos" le proporcionaba información documentada de
los posibles compañeros. Prácticamente elegía sobre catálogo, con fotos
a todo color y descripciones de carácter, gustos y habilidades de cada
uno de los acompañantes. Hecha la elección efectuaba una llamada para
concertar la cita y se preparaba para una velada en la que ella era la
reina, el centro único de atención y en la que se lanzaba a tope a
satisfacer su ansia de sexo y todas las fantasías que quisiera cumplir.
Tener una polla mercenaria en su boca, su culo o su coño, o varias
simultáneamente, no le causaba ningún pesar, al contrario. Las exprimía
con la autoridad de la clienta que exige un rendimiento acorde al dinero
invertido y la seguridad del momento único con un profesional que
controla y sabe como satisfacer los gustos del que paga. |