| Josefina |
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cartas. Ella es Josefina de 28 años. mi actual novia
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ECLIPSE DE UN AMOR
Una estudiante extranjera se enamora locamente de su profesor español y le hace una confesión atrevida impulsándole a actuar.
Esta historia es contada por mi amiga. He redactado y modificado el texto. Por lo tanto se trata de un relato conjunto.
Mi mundo se volvió distinto desde que le vi en los pasillos de la facultad. Una cadena de días incoloros se rompió formando un solo eslabón de fuego – Raúl. Vino a presentar su informe en un congreso internacional que se celebraba en mi universidad. Desató una tormenta de risas que dejaba atónitos a nuestros estudiantes y profesores, más aburridos que el mismo aburrimiento. En aquel entonces no tuve oportunidad de conocerle y no sé si lo deseaba. El impacto resultó tan inmenso que me robó las fuerzas de entablar una conversación trivial. Lo sentí muy dentro como si alguien me golpeara el plexo solar o clavara miles de alfileres en mis nervios desnudos. Me limité a observarle en la sala de actos mientras los participantes echaban sus discursos, plagados de lugares comunes y verdades trilladas. Parecía un rey esculpido de mármol, un rey que entró por casualidad en un establo lleno de puercos, chivos, corderos… por lo menos así pensaba yo. A diferencia de una estatua, derrochaba vitalidad a raudales. Sus ojos vertían una llamada secreta, invitaban a lo prohibido, mandaban telegramas ardientes por los cables del deseo. Me encontré a mí misma en el fondo de esos ojos, espejos de la noche tumbada de espaldas. A lo largo del congreso Raúl volteaba la cabeza cada cinco minutos, por lo cual nuestras miradas se entrecruzaban muchas veces. Estaba segura de que no me distinguía de la multitud de chicas, me creía demasiado insignificante para llamar su atención. No podía ni quería olvidarle cuando se marchó a España. Me decía que había pocas posibilidades de volver a contemplarle en el pantano estancado de mi entorno, pero ya no era dueña de mi voluntad. Mi diario se inundó de fantasías desbordantes, esbozos confusos, presentimientos extraños…
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Me llamo Elena y soy polaca de origen. No me incumbe jactarme de la limpieza de sangre, ya que tuve una abuela italiana que me había heredado su pelo negro y sedoso, su voz cantarina, su afición por los platos picantes y su capacidad de cometer locuras. Mi piel se destaca por un matiz níveo, sin pecas, manchas, lunares ni nada por el estilo. En la playa me pongo morena en seguida al igual que me sonrojo con facilidad si algo me avergüenza. La mayor parte de piropos está dirigida a mis ojos – almendrados, azules, contrastando con cejas, pestañas y pupilas oscuras. Me doy cuenta de que pertenezco a la categoría de mujeres atractivas o incluso guapas, pero este hecho no me infunde megalomanía. El concepto de belleza es polifacético y hay otras cosas más importantes que influyen en la imagen en su totalidad (precisamente por ello me creía insignificante para Raúl). Mi cuerpo es bastante bien moldeado a pesar de que no mido más de 1.65, no tengo pechos como pelotas de goma ni piernas como columnas de un templo. Líneas suaves, proporciones femeninas, nada de sobrepeso ni de excesiva delgadez, todo en su debido lugar. No me apetece parecer a un preso de campo de concentración independientemente de lo que dicta la moda. Aparte de eso, hay que señalar que soy muy sensible a los olores, no soporto magreos en el transporte, me sacan de quicio voces roncas o estridentes. ¿Caprichosa y fría? Quizá lo fuera antes de vivir el momento clave, el primer encuentro con Él. Entonces entendí que el problema no residía en mí, sino en los que me rodeaban – intelectuales sosos o gamberros vulgares que no suscitaban más que cansancio y frigidez sexual. Ninguno de ellos podía ofrecer una sombra de tentación para mi virginidad.
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Pasado un año, ocurrió un milagro. Pude recoger lo que había sembrado. Mis dotes de buena alumna dieron una cosecha increíble. Fui elegida como estudiante de intercambio, entre decenas de otras concursantes. Me concedieron una beca en la universidad que ocupaba el puesto № 1 en la lista de mis preferencias por una razón obvia – se trataba de otro punto de encuentro con Raúl. Por supuesto, me ardía de ganas de viajar, pero las ganas de sumergirme en el embrujo del hombre de mis sueños las superaban con creces. En España pasó lo mismo que en mi país natal. Al toparme con él en la escalera me encontré al alcance de una ola explosiva que dejaba cascos de metralla en mi pecho. Lo más asombroso es que detecté una llama de reconocimiento en su mirada. Al cabo de unos días nos presentaron oficialmente y me perdí como una idiota cuando me saludó en un tono cordial estampando dos besos en mis mejillas. Olvidé mi nombre, las letras del alfabeto, las normas de comportamiento. Todo se borró excepto la música de su aliento, su aroma varonil, el tacto abrasador de sus dedos. La voz de Raúl me envolvía entera, me cautivaba tanto que hacía un esfuerzo descomunal para abarcar el significado de sus palabras. Tuve que recurrir a unos clichés neutros que no expresaban nada, sólo ayudaban a evitar las pausas embarazosas. En aquellos instantes sí que vivía plenamente en vez de llevar una existencia vegetal, denominada “vida”. Por fin mi destino tomó un giro interesante, por fin se produjo la vuelta de la tuerca que prometía truenos y relámpagos en el futuro.
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Las dificultades no tardaron en presentarse. Me hospedaron en una pensión repleta de mocosos que no sabían la manera de descargar la ebullición de sus hormonas. Creían que me halagaban con sus acosos repugnantes, un gran “honor” para una guiri despistada. Pero se equivocaron en sus cálculos. Me mantuve impasible, gélida y moderadamente amable. Cuando bajaba al comedor ellos siempre estaban al acecho, cazadores ridículos tendían sus trampas a una chica que volaba por las nubes. Sentía naúseas ante sus ojos vacíos desvistiéndome. A veces me negaba a comer con tal de ahorrarme el martirio. Inspirar las pajas nocturnas… ¡menudo honor! Si alguien me dijera: “Salta desde un rascacielos o acuéstate con uno de ellos”, optaría por lo primero. Descubrí una paradoja curiosa: si te encajas con un estereotipo prefabricado te desprecian, si no te encajas te desprecian también. Un callejón sin salida. Claro, estoy hablando de algunos ejemplares humanos, en general no me faltaban muestras de comprensión por parte de mis amigos españoles.
Para el colmo, Raúl se portaba conmigo de una manera desconcertante. Una persona abierta y con buen sentido de humor se convertía en un bicho huraño que balbucía tópicos incoherentes en mi presencia. Fruncía el ceño, mordía los labios, apretaba las manos… En unas cuantas ocasiones fingió no haberme visto. Llegué a la conclusión de que le irritaba. ¿Y por qué? ¿Acaso me consideraba fea, estúpida o desagradable en el trato? Sí, los polacos tienen un carácter más reservado y retraído que los españoles, pero eso no representa un motivo para concebir antipatía, más aún en el caso de un cosmopolita inteligente. Menos mal que ese año no impartía clases, puesto que se concentró en editar una revista y llevar a cabo otras investigaciones. No asistiría a sus conferencias, no me enteraría de nada debido a la ofuscación que sembraba en mí.
A pesar de que era ajena a rumores y chismes estaba al tanto de que la esposa de Raúl, una furia autoritaria, le amargaba la vida con sus celos obsesivos. Creo que la pobre intuía que un hombre con una personalidad tan marcada no pertenecía a nadie, no le convenía el sello “propiedad de…”. La reputación intachable no le impedía transmitir temblores de inquietud apasionada. Y ella ya se marchitó, ya sufrió la transformación en una matrona con senos caídos, rictus malévolo y nariz que amenazaba con golpearte como el pico de una gaviota.
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Vino el día cuando no pude aguantar más. Mi amor no cabía dentro, anhelaba romper los cristales de silencio. Además, nada me entretenía ni disolvía la congoja. ¿Qué importaban mi juventud, mi inocencia, mi lozanía si el único hombre a quien quería regalarlas permanecía indiferente? No urdí ningún plan de acción deliberado, me salió a tontas y a locas. Sencillamente eché a correr como posesa, cuesta abajo, hacia la redacción de su revista, empujando a los que me interceptaban el camino. Mi espectacular carrera coincidió con un eclipse muy esperado por la gente. El sol empezaba a ponerse oscuro…
Los impulsos me arrastraron hacia el despacho de Raúl. Por fortuna, el edificio brillaba por la ausencia del personal. Él era el único quien solía trabajar durante las siestas y hasta bien entrada la noche. Sin vacilar ni un segundo golpeé la puerta con tal fuerza que la madera crujió, el techo se estremeció y los ecos resonaron por todas partes.
- Vaya, he pensado que es un robo con fractura o un terremoto. Y la asaltante eres tú. ¿Te pasa algo?
- Sí, algo muy grave.
Me tomó del brazo, pero me zafé, irrumpí adentro y le afronté haciendo gala de mi descaro. Me vi reflejada en sus pupilas: melena alborotada, unos mechones pegados a la frente como serpientes enfurecidas; camisa blanca con tres botones desbrochados por descuido; regueros de sudor resbalando por el canalillo entre los pechos turgentes; respiración entrecortada rayando en jadeos. Mis ojos quemaban los suyos, traspasaban con la crueldad de rayos X.
- Elena… estás…
- Estoy fatal, una enferma escapada de manicomio. ¡Y tú estás metido en mi tuétano! ¡Te amo desde aquel maldito congreso! Y no me convencen tales argumentos como la diferencia de edad, posición social u origen. ¡Meros fantasmas que ahuyentan los deseos auténticos, anidados en el corazón! Ya sé que te he caído muy mal desde el principio y te lo respeto aunque no entienda la causa. Me duele muchísimo y por eso he decidido volver a casa sin esperar tantos meses que quedan hasta la expiración del plazo de mi beca. Antes de desaparecer te diré toda la verdad, haz con ella lo que te plazca.
Me detuve por un rato y sólo entonces me percaté del silencio profundo que provenía de Raúl. Claro, le dejé anonadado con todo lo que había soltado. Y había algo más, una emoción intensa que podría rivalizar con la mía.
- ¿Has terminado? – preguntó con sumo cariño, su alma expuesta en la voz.
- Quizá… no… sí… - rompí a llorar por lo típico de la situación: despacho, profesor atractivo, alumna ingenua… Y, sin embargo, sabía a ciencia cierta que nunca más amaría así y no me arrepentía para nada.
- Entonces escucha la otra parte. Dices que me has caído muy mal. ¿Y por qué descartas la posibilidad de que me caes demasiado bien? Te recuerdo perfectamente, eres la impresión más brillante del congreso de mierda, por cierto, no hacía más que mirarte. Me alegré como un niño al verte aquí, tan cerca. Y al mismo tiempo me entristecí porque es humillante sentirse un viejo verde que suspira por una joven de 20 años.
Si un Dios olímpico bajara de su pedestal y me estrechara contra su pecho inmortal me sorprendería menos. Necesitaba deshacerme de la carga pesada de mi propio secreto, no caí en la cuenta de que Raúl me revelaría el suyo. Las cosas se aclararon. Su conducta seudo indiferente representaba un mecanismo de defensa, creado por el miedo a la frustración. Mi confesión no estaba destinada a seducirle, pero el desarrollo de acontecimientos me puso muy caliente, me hizo desear la fusión de nuestros cuerpos. Hacerme suya y después el diluvio.
De súbito nos sumimos en las tinieblas gracias al eclipse absoluto, nuestro cómplice. Avancé a tientas hasta tropezar con la silueta adorada que me aguardaba con los brazos extendidos. Nos acomodamos en el sofá, me senté sobre sus rodillas y le susurré al oído: “Algunos son viejos desde su nacimiento y algunos guardan la juventud hasta la muerte”. ¡Viejo verde! En sus cuarenta y pico parecía perfecto para mí, una síntesis de arrebatos juveniles y sabiduría madura. ¡El mejor! Su beso dio a entender que también me amaba. Tenía elementos de lujuria salvaje y a la vez encerraba una magia pura que trascendía la lujuria. Sería capaz de saborear su lengua durante siglos y milenios. La fragancia de su loción me bañaba de frescura. Sus fuertes brazos apretaban mis hombros, se deslizaban por los senos semidesnudos, rodeaban la cintura. Me humedecí toda con tal sólo imaginar el encanto de la entrega total a este maravilloso hombre. Metí las manos bajo su jersey para disfrutar de la piel tersa y comprobar que tenía poco vello. Mi propia camisa acabó en el suelo hecha jirones por nuestra iniciativa común. Como ya mencioné, no pensaba que mi visita desembocaría en una cita íntima, por ello llevaba unas braguitas sencillas de algodón blanco y un sostén a juego. La verdad que nos traía sin cuidado qué tipo de ropa nos cubría, daba igual qué prenda destrozar en el frenesí de impaciencia, no era la ocasión para reparar en detalles estéticos.
La boca tierna de Raúl me recorría lentamente sin omitir nada – rostro, nuca, cuello, espalda, glúteos… Un itinerario delicioso lleno de estremecimientos, escalofríos y cosquillas a lo largo de la columna vertebral. Una parada larga y oportuna en mis senos, pequeñas manzanas endurecidas de ansiedad. Mi amado volvió a recobrar su aplomo de un señor todopoderoso al notarme tan extasiada y sumisa. La mezcla de autoridad y cariño me quitaba la razón por completo. Unos lametones dulces se combinaban con pellizcos y mordiscos insistentes que arrancaban una aria de gemidos de mi garganta insultando la seriedad solemne de los muros… Mis pezones se pusieron tiesos y rojos, nunca los había visto así, todo un asado en la parrilla del placer. Y Raúl seguía amasando, devorando, chupando como si temiera que alguien le arrebatara su manjar. Deseaba hacerle gozar también, no pensaba reducir mi participación a un consumo egoísta de sus caricias. Respondí al favor y experimenté con la sensibilidad de sus propios pezones (había leído que era la zona igual de erógena tanto para las mujeres, como para los hombres y necesitaba verificar). La reacción – vibración de una cuerda a punto de reventar – me infló de orgullo por el poder que ejercía. Me armé de valor y le bajé el pantalón dejando de lado falsos pudores y arrumacos hipócritas. Quedé fascinada ante su miembro viril, grande y hermoso, tal como lo imaginaba durante las noches del delirio solitario. Nada de extrañar, Raúl era uno de los hombres más altos y fornidos que conocía. A decir verdad quedaría fascinada en cualquier caso, incluso si descubriera una verga pequeña, torcida y con un solo testículo, ya que se trataba de una parte de cuerpo de una persona idolatrada. No pude hacer más que ofrecerle el calor de mi boca hospitalaria. Dudo mucho que mis primeras prácticas orales hayan merecido un sobresaliente, es mentira que las vírgenes se conviertan en expertas de mamada como por arte de magia. Mi torpeza inicial se recompensaba por el simple hecho de intentarlo sin miedo ni asco. La abnegación derretía el corazón de Raúl: la excitación mental originaba la excitación fisiológica. Y yo me dediqué a explorar su aparato de lujo admirando cada detalle, recurriendo a la ayuda de dedos, lengua, ingenio y fantasía en la búsqueda de los puntos más sensibles. Mis manos como pajaritos de papel, mi aliento como un abanico de terciopelo… Poco a poco le iba llevando hacia el borde de la descarga pese a que sabía dominarse muy bien. Entonces me apartó con delicadeza para quitarme tres cosas que impedían tocar lo más íntimo - falda de cuero, medias, ropa interior.
En aquel momento la fase oscura del eclipse llegó a su fin. La iluminación adquirió la intensidad suficiente que permitía vislumbrarnos. La tela púrpura del sofá hacía resaltar mi cuerpo blanquísimo. Los dos nos volvimos aún más locos; yo – al contemplar el acercamiento de un gigante apuesto, la materialización de los esbozos de mi diario; él – al contemplar mi postura voluptuosa de resignación y espera. “Qué coño tan bonito tienes, nunca he visto una rajita tan seductora” – murmuró, fulminado por el hallazgo. Me sonrojé y sentí que sus palabras explícitas activaban las llamas dentro de mi vagina electrizada y me incitaban a rezumar más jugos. Lo mismo decía mi ginecóloga durante las revisiones: “Niña, qué coño tan bonito tienes, una delineación perfecta, un pubis angelical, unos labios de ensueño, un clítoris hipersensible. ¡Diseño japonés! Tu marido te lo agradecerá”. Claro, había una diferencia esencial: las peroratas de ginecóloga me ponían incómoda despertando sospechas acerca de sus tendencias lesbianas, mientras los elogios de Raúl me ponían cachonda perdida… No opuse resistencia cuando se inclinó para investigar minuciosamente el interior de mis muslos y el nido de vello negro y cuidado que irradiaba el resplandor de una perla marina. Sin duda alguna, iba a ser un buceador profesional que no dejaría escapar su premio. “Esa almeja tan rica es mía, sólo mía” – sonrió antes de catarme como un vino de marca. “Sí, sólo tuya” – gemí afirmativamente. Me retorcía con rapidez de un anguila: el roce de su barbilla recién afeitada, su boca divina y su lengua impaciente resultaba de lo más sensual. Raúl no sólo se deleitaba con mi primera corrida, sino con la timidez agazapada que se asomaba por mis ojos. Aún faltaba lo principal para consumarlo.
“Ojalá no lo tuviera, ojalá no lo tuviera” – rezaba para mis adentros refiriéndome al himen, sabía que algunas chicas nacían sin este estorbo. El dolor no me asustaba, me asustaba la perspectiva de una unión problemática que contradecía a la armonía de nuestro dúo. Bromitas pesadas del destino, sí que lo tuve y muy resistente. No cedía pese a la lubricación extraordinaria y a la introducción experta de mi profesor. Parecía un asalto terrorista de una muralla medieval. Se me escaparon unos chillidos desgarradores por más que tensara las mandíbulas. Aterrado por la perspectiva de hacerme daño, Raúl trató de retirarse, pero me apreté contra él con todas mis fuerzas y conseguí tragar la punta hasta quedarme completamente ensartada. Bravo, la botella se descorchó, la inocencia pasó a la historia, la flecha dio en el blanco. No me importaría morir en el acto si así fuera el precio de satisfacer mi inconmensurable deseo por él. Afortunadamente lo pagué más barato. Y la indemnización valía la pena: minuto de triunfo cuando mi héroe conquistó todos los terrenos de mi cuerpo. Era él y sólo él, ni un adolescente con cerebro de mosquito, ni un ocioso asiduo de los bares, ni una rata de biblioteca carente del sentido de humor, ni un hombre casual a quien aceptaría por la necesidad de iniciarme en los juegos adultos. Nada podría borrar la verdad de una posesión tan auténtica. Dos engranajes de un mecanismo, dos soplos del aire fundidos en un suspiro, dos hilos entretejidos en una maraña de sensaciones… y un largo etcétera de cadenas asociativas. Es sabido que el sexo puro no descarta el aislamiento mutuo, muchas veces lo refuerza aunque pueda traer múltiples orgasmos y recuerdos agradables. Estoy de acuerdo, gracias a Raúl descubrí mil maneras de superar la soledad inherente con la que nacimos y morimos. Da igual si parezca conservativa. La gente oriental me entendería.
Durante mi primera vez no alcancé el clímax (y de hecho muy pocas mujeres lo experimentan después del desvirgamiento), apenas podía mover la pelvis acostumbrándome a la nueva presencia en mi vagina. En vez de ello alcancé la paz interior, estaba agradecida a mi propio impulso desafiante, a la convergencia de casualidades que me arrojó a los brazos de Raúl. Bastaba con sentirle anclado en mis profundidades, recibirle con el ardor de la tierra mojada que pide más y más gotas de la lluvia fertilizadora. El arroyo de la sangre derramada llevó mis penas muy-muy lejos, fuera del campo de visión. Los orgasmos llegaron en otras ocasiones al igual que los experimentos atrevidos y las excursiones fascinantes en el universo de latidos, incendios e inundaciones. Aquel mismo día le ofrecí mis nalgas porque procuraba llenar de él cada partícula de mi ser. Sin embargo, rechazó la propuesta alegando que mi cuerpo requería un poco de descanso, no había prisa. Con el correr del tiempo probamos distintas formas de hacer el amor y la verdad que todo nos parecía poco, el hambre por el otro iba creciendo cada día. Típico para los enamorados que se identifican con gemelos siameses.
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A lo largo de dos meses más felices de mi vida nos queríamos a escondidas, en cualquier lugar disponible. Raúl se mostró muy buen amante, un verdadero toro, él mismo desconocía la escala de su potencial hasta enfrascarse en la aventura conmigo, su primer y último adulterio. Tenía un aguante inmenso y una inventiva inagotable. Muy pronto entendimos que la separación nos mataría. Decidimos vivir juntos y casarnos en cuanto le concedieran el divorcio, prescindiendo del escándalo y de la opinión pública. Su esposa se resistía ferozmente a nuestros proyectos. Menos mal que no pudo averiguar mi identidad.
Una noche lluviosa firmó la sentencia al amor libre y puso el punto final a un cuento de hadas. “La impaciencia va a acabar conmigo – bromeaba desde su móvil mientras conducía por una carretera resbaladiza. – Sabes, el camino tiene tantas curvas que me recuerda tu cuerpo precioso, estremecido por mis embates”. “Este camino te espera siempre”. “Siempre, querida mía, siempre…” – de repente el hechizo de su voz y su risa se perdió en aullidos de frenos, crujidos de vidrios rotos. Después se produjo un silencio sepulcral, más terrible que cualquier ruido. Raúl falleció por la culpa de un conductor borracho que no supo controlar su camión. Se me hace un nudo en la garganta al imaginar toneladas de hierro que le aplastan el pecho y apagan la vela alegre de su personalidad. Me pongo a llorar como si hubiera comido de una sentada un plato de ají. Una amiga mía cree que la esposa malévola era gafe cuya maldición influyó en el desenlace trágico. Según ella, la acumulación de energía negativa tuvo consecuencias fatales. No sé, no me entero de tanto esoterismo. Sólo sé que nuestro amor transcurría bajo el signo del eclipse. La oscuridad absorbió la figura luminosa de mi hombre dejándome el día desprovisto de sentido.
Por supuesto, mi vida se quedó truncada por el bisturí de una casualidad nefasta. La mitad de mi cuerpo amputada, la mente en blanco, los ojos sin expresión. Una imagen de desesperación romántica: un funámbulo ciego va por un alambre espinoso, manos vacías sobre el abismo. Me suicidaría sin dudar, pero no tenía derecho – la semilla de Raúl echó raíces en mi vientre. La criatura engendrada ataba mi barco al muelle, el Mar de Muerte tendría que esperar. Ni siquiera asistí al funeral, ya que los estudiantes no estaban invitados y la viuda oficial me despedazaría si me presentara allí. Observé el cortejo desde lejos, al borde de un síncope. Yo también yacía en aquel ataúd, a mí también me estaban enterrando junto a los restos destrozados. El hecho de que se redujo a uno de los nombres en la lista de ultratumba me llenaba de ira impotente. ¿Una foto en la lápida? ¿Sólo eso? ¿Y enjambres de zombis, disfrazados de vivos, rondando a mi alrededor? El feto que iba brotando en mis entrañas brindaba el único consuelo y la esperanza de recuperarle de algún modo. Además, la esposa autoritaria no le había regalado hijos, era seca y estéril en muchos aspectos.
Dentro de poco regresé a Polonia. Un pajarito migratorio emprendió el vuelo hacia el lugar de origen. En el avión suspiré con alivio. Después del funeral España se convirtió en una jaula que me sofocaba hasta un grado intolerable. Mis padres me acogieron con cariño, supieron apreciar la historia de aquel amor y se pusieron a esperar ansiosos la llegada de un nieto o una nieta. Di a luz en mi ciudad natal, a unos cuantos barrios de mi casa, el día de cumpleaños de Raúl. Mi hijo se parece a él y a la vez posee algunos rasgos míos. Es un niño muy dotado, ya empiezo a darle clases de español para que domine el idioma de su padre. Yo he avanzado en mi carrera y llevo una vida “normal”. Quizá algún día vuelva a enamorarme, pero desde luego no será lo mismo, ni por asomo. Creo que he agotado las reservas del amor.
Hoy he leído un párrafo interesante de una novela inglesa: “Tarde o temprano todas las voces se hunden en el silencio. Y los nombres de nuestros amados también se hundirán en el silencio aunque no dejemos de repetirlos con pasión”. Una idea digna de respeto… ajeno. Para mí Raúl sigue siendo más real que la mayoría de los que me rodean. A menudo sueño con él, sobre todo con nuestra primera vez en la penumbra centelleante. Siento su vigoroso miembro entre mis piernas invadiendo la estrecha cueva virginal; oigo su murmullo juguetón “ábrete, Sésamo”; aspiro su aroma mezclado con jazmín, mi fragancia favorita que impregna todo lo que llevo; disfruto del intenso bombeo en mi interior que me hace girar en un tiovivo de dulces contracciones; beso y acaricio su rostro de mármol, me derrito en la mirada insondable que vierte una llamada secreta, invita a lo prohibido, manda telegramas ardientes por los cables del deseo y me ayuda a encontrar a mí misma en su fondo, espejo de la noche tumbada de espaldas. Repito y repito, presa de fiebre: “El accidente ha sido un sueño, por fin estás de vuelta y me penetras como antes. Jamás te dejaré abandonarme”. Me despierto y en los primeros instantes me parece que el aroma de Raúl sí que flota en el ambiente. Acto seguido descubro que estoy abrazando la almohada, anegada de la humedad de mis lágrimas y flujos íntimos. Una corriente del aire frío barre la habitación. Necesito distraerme. ¿Cómo? Mi hijo duerme profundamente, no puede tranquilizarme con su relajante charla infantil. Me acuerdo del consejo de una amiga muy buena: escribe sobre las cosas que te ahogan y queman desde dentro. Enciendo el ordenador y pongo el título “Eclipse de un amor”.