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MISTERIO ROCKERO (1)

 Una aventurera húngara llega a España en búsqueda de un misterio…

-         ¡Qué mala suerte! Tantas tías extranjeras en nuestra pensión, todo un zoo, y no podemos ligar a ninguna. ¿Qué se han creído? ¿Son frígidas o cortas? Poco probable. ¡Lo pasarían de puta madre con nosotros! Hace un año la pesca nos iba de maravilla. Las rusas cayeron después de la primera copa. Y las eslovacas nos invitaron a su cuarto sin que hubiera necesidad de pedírselo. ¡Menudo intercambio cultural! 

-         Tranquilo. Las tontas actuales no entienden qué placer pierden al rechazarnos. Peor para ellas.

-         ¿Tranquilo? ¿No te apetece echar un polvo de campeonato con la belleza polaca? ¿O con la chica húngara que tiene un diablillo en los ojos? ¿O…?

-         No sigas. Basta con mirarlas para ponerme empalmado como una roca. Me imagino follando a Elena hasta reventarla… Daría mucho por bajarle los humos.

-         Y yo me imagino en la cama con Chila. Una hembra muy caliente, sin duda.

Subí a mi habitación riendo de buena gana. Si Elena oyera esta charla la calificaría de “vomitiva”. Yo adopté una actitud más filosófica. Claro, desagrada suscitar fantasías en las personas que no te atraen. Por otra parte, qué le vamos a hacer, los resortes de la imaginación ajena no se manejan tan fácilmente. No puedo prohibir a nadie “No sueñes conmigo”, sólo puedo frenar el desarrollo de sus impulsos proyectados hacia mí. Había que recordar: para esos chicos en concreto no representábamos más que un objeto de consumo, una unidad de deseo, una servilleta de usar y tirar. ¿A qué venía enfadarme si en realidad no me veían a mí, sino a una construcción impersonal que asociaban conmigo? Les faltaban carisma y experiencia para encendernos. “Meter y sacar” no era suficiente.

De acuerdo, nos definían como “zoo”, pero la verdad que ganarían mucho más puntos en el mundo animal. La pensión rezumaba sexo por todos los rincones. Una caldera hirviendo reunía a los personajes más heterogéneos. Había una pareja homosexual que solía divertirse durante la siesta y montar un concierto de gritos: “Ay, ¡cómo me duele! ¡No pares! ¡Hazme tu esclavo! ¡Barrena! ¡Taladra! ¡Hasta el fondo! ¡Soy tuyo!” Aquellos dos siempre iban acompañados por una retrasada mental (una pesadilla salida de los cuadros de Goya) que tocaba la guitarra durante sus sesiones de locura. Había una lesbiana ciega que contaba sus fantasías durante la comida e intentaba tocar a las chicas al alcance de su mano. Había un troglodita analfabeto (nivel de protozoarios) obsesionado con ancianas que huían de él como de un demonio. Había otro retrasado, algo microcéfalo, loco por robar la lencería femenina y bailar una danza de elefante al compás de canciones antidiluvianas.   Había un millionario engreído que se jactaba de sus dotes de dramaturgo. Según él, su obra lucía en el cartel de Londres y Amsterdam. No sé cúando se las ingeniaba a escribir, generalmente se dedicaba a cultivar marihuana en la maceta, fumar porros de su propia producción y espiar a las extranjeras. Tal vez la “obra” ofrecía un breviario para los drogadictos, un guía por el laberinto intrincado de alucinaciones y la niebla de los ojos empañados. Además, había un montón de jovencitos babeantes, clónicos a los que aparecen al principio de mi relato. Malgastaban las horas agrupándose en el rellano de la escalera, hablando de masturbaciones, eyaculaciones, cunnilingus, kamasutra, etc., inventando pormenores ficticios debido a sus conocimientos rudimentarios. Moluscos amorfos sin núcleo ni estructura. No me irritaban, más bien me dejaban indiferente por una razón sencilla: no podían aportarme lo que andaba buscando – Misterio. Sentía una envidia sana a Elena, mi amiga polaca, profundamente enamorada de un hombre maduro, un investigador de alto vuelo. El triunfo de su amor oculto me hacía suspirar por las noches.       

 

*

 

Chila, la supuesta hembra caliente. Cuando me preguntan por el significado de mi nombre suelto una respuesta preparada: “chile chiflado”. Y si tratan de profundizar la pesquisa, empiezo a entonar: “Yo soy como un chile verde, llorona, picante, pero sabroso”. Vivo en Budapest, ciudad que adoro con toda mi alma aventurera. Mi casa está ubicada en el casco antiguo de Buda, al lado de la Residencia Real. Por la mañana me encanta recorrer Marguith Siget, un islote precioso rodeado por Danubio (el río lo adoro también pese a su aspecto turbio y sucio). Por la noche me dirijo hacia las discotecas de Pest, una parte más industrial y moderna que Buda. El tiempo que me queda lo utilizo para alimentar mi curiosidad insaciable mediante lectura, estudios, práctica de las artes marciales y muchas otras ocupaciones.

Dispongo de la ventaja de combinar en mi físico dos tipos básicos de la población húngara: el rubio y el gitano. El tipo rubio se caracteriza por clásicos rasgos nórdicos aunque con un tinte más apasionado en comparación con la inercia de británicos o noruegos. Mi madre lo encarna a perfección. A ella debo agradecer la melena dorada como el pálido sol de invierno; la piel radiante, ligeramente sonrosada; los contornos delicados de mi cuerpo; la languidez de mi sonrisa. Mi padre no sólo corresponde a la imagen de un gitano errante, sino lleva gran parte de gitanismo en sus venas. Fue él quien me regaló la boca carnosa; la línea felina de pómulos; los ojos ambarinos, policromos, camaleónicos, una torrente de miel densa que oscurece en los momentos de furia y adquiere un verdor transparente en los momentos de tranquilidad. Por supuesto, la orquidea caprichosa a la que llamo “mamá” no tiene nada que ver con mis arranques coléricos, el temperamento indomable, el caudal de energía que me convierte en una de las mejores alumnas en las actividades combativas.

El retrato no es tan ideal como os figuráis. No me avergüenzo frente al espejo ni mucho menos, pero la cara de niña astuta me impedía revelar mi potencial femenino, me hacía sentir distinta de la estirpe de mujeres “normales”.  Desde la más tierna infancia mi vida giraba en torno del concepto “juego” – juego con mis títeres que culminaba en  espectáculos fantásticos; juego con las reglas establecidas que desembocaba en actos de rebeldía; juego verbal basado en la batalla del ingenio irónico; juego de seducción destinado a devanar los sesos y después… una nube de cabello perfumado y un adiós flotando en el aire. Es que detrás de mi personalidad alegre y resuelta se agazapaba otra – tímida, vulnerable e incluso pesimista. Albergaba miedo a las decisiones concretas mostrándome escurridiza, esquiva, evasiva… + una serie de sinónimos para la descripción de una veleta. De ello se deduce por qué permanecí virgen hasta 19 años y ni siquiera me preocupaba al respecto. Lo que sí me preocupaba era la dualidad mencionada, el estado de guerra civil conmigo misma, algo propio del signo Géminis según afirman los horóscopos. Los cambios del humor me cansaban a mí misma, podría interpretar un malabarista de emociones, un prestidigitador de sentimientos. Precisamente por eso admiraba tanto a Elena, una mujer marcadamente sensual y majestuosa. Pese a su aparente introversión no sufría de cobardía como yo. Confesó su amor en las circunstancias románticas del eclipse solar y recibió un premio divino.

Para justificarme un poco debo reconocer que el viaje a España se hizo realidad gracias a un truco mío bastante arriesgado. Estudiaba en una universidad prestigiosa y al final del segundo curso dominaba tres idiomas con soltura envidiable – español, francés y rumano. A la hora de elegir a los afortunados que dormirían en los laureles de una beca… ¡me dejaron plantada! Una hijita mimada del ministro de cultura, una ballena torpe en todos los aspectos, se llevó el pastel. Me propusieron Paris o Bucarest… inútil. España se metió en mi cabeza no sé por qué motivo. Mandé un mail al embajador con tal de demostrar que no iba a cejar en mi empeño. Entre otras cosas decía: “La corrupción sigue haciendo estragos en la sociedad húngara. Una que tiene enchufe va adelante y una que tiene talento se queda atrás. ¿Le gustaría contribuir a la causa democrática dándome una oportunidad que merezco?” El destinatario de la misiva no le quitó el galardón a la prole del ministro. Tampoco me echó de la universidad o me crucificó por mi descaro. Concedió una beca adicional que ayudaría a “ampliar los horizontes y estimular los logros posteriores”.

 

*                                               

                      

        Los familiares estaban seguros de que congeniaría estupendamente con estudiantes españoles teniendo en cuenta mi naturaleza efusiva, mi espíritu abierto, mi falta de complejos – en fin, todo lo que no entraba en contradicción con la mentalidad mediterránea. Ignoraban la existencia de aquel caparazón melancólico que me envolvía desde dentro y me mantenía en vilo, distanciada de la realidad. España no añadió nada nuevo a las mañas habituales de un “chile chiflado”: un contacto desinhibido, un tiroteo de bromitas brillantes que espoleaban la fantasía, un flirt aéreo… y un muro de cemento al final del camino. Mi sexualidad permanecía cerrada y la llave estaba perdida en regiones desconocidas. Muy pocas personas tenían algún acceso al fondo de la caja de Pandora que escondía mi auténtica personalidad. En Hungría – mi padre, una amiga de infancia, un primo. En España – Elena, Anka (rumana), Miriam (española) y Milana (una chica muy interesante de Belgrad). A mi gran sorpresa, hubo un período cuando se presentó un hombre que consiguió ganar cierto acceso al fondo de mi cuerpo intocable…

Conocí a Pepe en un café de lujo. Era camarero, pero un camarero inusual, tétrico, afligido, parecía proclamar a los cuatro vientos: “llevo el luto por mi vida llena de vericuetos y altibajos”. Me atrajo su capacidad de captar las connotaciones mordaces de mis comentarios y devolvérmelas de rebote. Contaba cosas sobre sus novias de distintos países y las situaciones raras que surgían a raíz de divergencias culturales. Y yo contaba cosas sobre las manipulaciones absurdas a las que recurren las mujeres para enganchar, retener y poner los cuernos a sus hombres. Resultaba gracioso.

-         Sabes dar en el clavo porque no eres mujer. Eres un ser abstracto, volátil, perspicaz, una niña prodigio, una hada que desciende, deslumbra a los mortales y se evapora al instante. Una calientapollas educada, - dijo en una ocasión.

-         Depende con quién.

-         Con todos.

-         ¡No!

-         ¿Y cómo me convences?

De repente me fijé en la expresión de sus ojos, más negros que el carbón: algo retorcida, maniática, rebosante del peligro nocturno. No me aparté ni me eché para atrás – cuestión de honor. Estábamos solos en el café, ambiente relajante, olor a incienso, escalofrío de excitación después de unas copas de ron con miel. “Atrévete a entregarte, olvídate de palabrería, déjate llevar… que hable tu piel…” - susurraba el muy demonio mordiéndome el lóbulo de la oreja, presionando mi cuello como si quisiera estrangularme. Me halagaba la pasión de un hombre escarmentado, prepotente, con un dejo de amargura en su conducta. El beso vertiginoso recordó la sensación de caer en picado o desafiar al viento en una moto fuera de control.  “¿Serías capaz de apreciar el vicio de uno que admira a Jack el Destripador?” “Puedes pasar por un asesino en serie” - asentí con un leve quejido provocado por la intensidad del manoseo. Actuaba con tanta destreza que en una fracción de segundo me tenía semidesnuda, tendida sobre una mesa al lado de la barra. “Joder, no puedes pasar por una niña” - se refería a mi cuerpo delgadito, bien moldeado por los entrenamientos, con una fina capa de músculos y unos pechos muy presentables, de redondez exquisita – un cuerpo totalmente preparado para el desenfreno carnal. Se apresuró a quitarme vaqueros ceñidos y braguitas deportivas que literalmente destrozó.

Mi silueta creaba el único foco blanco entre las sombras. “Soy isla Marguith Siget, cubierta de nieve y rodeada por la negrura de Danubio” - me reí por lo original del paralelo.  Entretanto, Pepe pasó directo a la masturbación. “Nunca he visto un vello púbico como el claro de la luna”. “Mejor como el pálido sol de invierno” - balbucí incómoda. Al principio no experimenté nada especial, una mezcla de asco e indignación por el asalto de mi intimidad. Preferiría cegarme para dispersar la visión de sus ojos desorbitados de lujuria y tapar los oídos para apagar el volumen de sus bufidos de toro. Poco a poco mi temperatura iba subiendo gracias a su maestría innegable: una mano exploraba la frescura de mi entrepierna, la otra amasaba sin descanso la teta derecha y la boca se pegó a la izquierda imitando a un calamar gigantesco que se apoderaba de los despojos de un naufragado. Un concurso de fricciones, frotamientos, apretones, lamidas y chupadas. Una alternancia ideal de frialdad y calor, insistencia y suavidad, velocidad y movimientos acompasados. Un infierno de delicia del cual no había escapatoria. Me puso tan a tono que sus dedos entraban y salían de mi elástico interior con la mayor naturalidad del mundo. Las sospechas anteriores se confirmaron: el origen de mis problemas era psicológico, lo fisiológico funcionaba sin fallos. Pese a las maravillas recién descubiertas, me sofocaban las ganas de llorar. Aquel ser jadeante no era yo, sino una perrita del famoso médico Pávlov, una materia prima para investigar los instintos, un cadáver galvanizado a la fuerza, una muñeca de sex shop. Creo que le odié en el momento cuando hundió su lengua en el sexo chorreante y me obligó a entender que mis labios vaginales, mi clítoris y el dichoso punto G vivían su propia vida, independiente de la voluntad de su dueña. Sí, formaba parte del abigarrado universo femenino – motivo de alegría o de tristeza. El cinturón de Pepe voló en dirección del servicio y los pantalones de cuero, que apenas contenían una bestia hambrienta, siguieron el mismo camino. Se situó sobre mí y me ordenó complacerle en un tono seco y formal que contrastaba con el estado impresionante de su verga. Cumplí con presición sus instrucciones detalladas: un masaje enérgico en la zona del escroto y el tronco + unas caricias más elaboradas en la zona del glande y el freno. Me salió bien por varias razones: el rencor acumulado; el deseo de refutar lo de “ser abstracto y volátil”; la falta absoluta de amor o enamoramiento por él. Durante el proceso del aprendizaje le sonreía tiernamente y le encendía con la mirada de una prisionera rendida mientras una seguridad inquebrantable fulminaba mi mente: no debía ocurrir ahora, no debía ocurrir con él, no debía ocurrir de esta manera.

Cabe señalar que poseo lo que llaman “sexto sentido”, una intuición desarrollada, una hipersensibilidad rozando lo paranormal. Muy a menudo he tenido sueños que avisaban de una próxima desgracia y siempre acertaban. Mi padre afirma que entre nuestros antepasados había unas cuantas gitanas visionarias, expertas en brujería y en magia negra. A lo mejor su legado afloró en mí. A lo mejor las personas excesivamente nerviosas se acercan a otros umbrales de percepción que permiten adivinar los acontecimientos. No sé. Los hechos son como son. Todas las pliegues y partículas de mi vagina anhelaban la penetración y la voz interior chillaba en las mejores tradiciones de un gato escaldado enviando señales alarmantes a los rincones recónditos de mi cerebro. Sabía que cometería un crimen contra el destino, me desviaría de algo realmente interesante si me entregara a él.

Me levanté de un tirón. Mi lengua recorrió por última vez el capullo sabroso, una zarzamora enorme bañada de rocío. “¡Finita la comedia!” - declaré teatralmente y bostecé con ostentación. Aproveché el trance de Pepe para ponerme los vaqueros y el polo. Entonces reaccionó y trató de perseguirme. “Basta de bromas, estoy dispuesto a rematar la faena. Si te resistes, voy a desgarrar tu culo precioso, te partiré en dos como un saco mal cosido…” - volcaba toneladas de basura verbal sobre mi cabeza. Su pene hinchado me apuntaba con amenaza, sus pectorales, cuidadosamente trabajados en el gimnasio, subían y bajaban al ritmo de una fragua. El amago de una pelea seria no despertaba en mí ni una pizca de susto. Una vez regalé una buena tunda a un borracho que dio una especie de patada a mi perro, no me importaría reproducirlo. Descarté la posibilidad no sólo por la gran fuerza física de Pepe, sino por la obsesión que emanaba de él. Opté por romper un par de botellas del alcohol carísimo… “¿Qué haces, puta? ¿Quieres hundir mi negocio? ¿Y tú, Pepe? ¿Cómo has podido…?” El dueño del café, un voyeur inesperado que nos observaba sigilosamente todo ese tiempo, oculto detrás de la cortina, irrumpió en el escenario echando espuma por la boca. Una pregunta sugerente: ¿Cúando pensaba incorporarse al festín? Por fortuna no lo sabré nunca. Su discusión ridícula me permitió alcanzar la puerta. Dos giros de la llave y me encontré en la calle, libre y feliz. Mis pezones seguían durísimos, mi rajita candente y palpitante, ya que el miserable de Pepe me había dejado al borde del orgasmo (al igual que yo a él). No había más remedio que meterme en la ducha y resolverlo de una forma conocida, fácil de imaginar.

No volví a ver al seductor fracasado. Espero que mi sujetador y los restos de mis braguitas le ofrezcan un consuelo para las noches aburridas cuando suspira por lo imposible y comparte su melancolía con el fantasma de Jack el Destripador. ¡Adiós, Pepe! ¡Suerte en tus cacerías! No te enfades, ¿ok? Repito: no debía ocurrir contigo. Estaba esperando la llegada del verdadero misterio.

 

*       

         

La monotonía espeluznante del tiempo me inundaba de angustia. El momento de partida se iba acercando con la fatalidad de un péndulo. Mis amigas andaban enfrascadas en algún u otro tipo de aventura. Y yo, la más dinámica, la más emprendedora, una pilla nata, sufría de cansancio – un tumor maligno e incurable. Me aferraba a unos pensamientos reiterativos: “Dentro de un mes voy a abandonar esta hermosa ciudad. Los recuerdos de las últimas semanas estarán ligados estrechamente a la depresión. ¡Qué pena! ¿No habrá ningún cambio?” Muy pronto empecé a soñar con una isla. Un argumento invariable: El rumor del mar, olivos y veleros transportaba a un paraíso. El vuelo de una gaviota rosada recortándose contra los acantilados. A veces se posaba sobre las crestas de plata, se mecía en su cuna y volvía a subir hacia el sol. La observaba desde lejos y me daba cuenta de que el pajarito y yo éramos un solo ser. Por las tardes no hacía más que zumbar una canción húngara, popular en los años 80: “Que sueñes con la isla de tu ilusión, con la isla de tu llanto…” No podía quitar de la mente dicho estribillo aunque me irritaba hasta un grado inefable.

Más o menos en aquella época un nuevo chico apareció en nuestro comedor. Me pareció antipático a primera vista. Muy moreno, muy delgado, muy infantil. Charlaba animadamente con los de la pensión, por lo cual concluí: “Uno más de la pandilla”. Cortaba todas sus tentativas de hablar conmigo. Vencer mi terquedad – una misión casi imposible. Recuerdo un episodio característico cuando nos trajeron un plato exótico para mí, indigerible sin sal. El salero estaba cerca del chico y me prometí que no me dirigiría a él bajo ningún pretexto. “¡Ojalá te reventaras! Por tu culpa me estoy atragantando con esa porquería!” - le maldecía para mis adentros.  

No sé por qué decidí cambiar mi actitud intransigente. Quizá me ayudó una siesta impregnada de sensualidad reprimida. Quizá el arrullo de palomas. La pareja gay se levantó de la mesa con un contoneo marcado de caderas. Sonreí involuntariamente al pensar en lo bien que lo pasarían bajo el acompañamiento de guitarra. La misma sonrisa iluminó el rostro del chico. Nos miramos de lleno. Noté sus rasgos peculiares, su frente despejada, sus ojos de un búho pensativo. Sí, tenía un cierto aire adolescente debido a la delgadez y al nerviosismo de sus gestos, pero eso se recompensaba con creces por una expresión madura y una voz hipnotizante de un hombre seguro de su poder de persuasión. Y entonces ocurrió algo, un reconocimiento silencioso. El caos callejero dejó de molestar, los elementos irritantes se borraron de la faz de la Tierra. En cambio, se distinguían sonidos aislados: el frú-frú de las alas de mariposa, el tintineo de una cucharita, el susurro de persianas infladas por el viento. Solos en una altiplanicie… En menos de una semana la gente de pensión nos cogió un odio inverosímil, nos apodaba “pijos de mierda”. Se ponían aún más furiosos por el hecho de que prescindíamos de alusiones y burlas provocativas. Creamos un espacio exclusivo, vedado para todos. Huelga decir que el chico, Emilio, era isleño. Además, pertenecía al clan de rockeros. El rock no me gustaba para nada. Sin embargo, inspirada por la magia de nuestro contacto, llegué a admirarlo con fervor.

Estaréis equivocados si suponéis que nos metimos en la cama en seguida y nos entregamos a un sexo salvaje sin bridas ni riendas. Nada más lejos de la realidad. Veía en él un hermano mayor con quien deliraba desde siempre. Emilio parecía un poco a mi padre lo que facilitaba la identificación simbólica. Y lo creía sinceramente, sin hipocresía ni insinuaciones incestuosas (un hermanito… perfecto para follar, nada de eso, en serio). Representaba mi alma gemela, mi alter ego, mi yo masculino, parte de mi alma, el mejor amigo, un pirata entrañable estilo Jack Sparrow, un compinche que compartía los mismos valores que yo. Me encantaba su fijación romántica en la imagen del Diablo, frecuente en sus sueños, el respeto por la obra de Dostoievsky, la obsesión por el dilema de Jackyll y Hyde. Pasábamos horas enteras en mi cuarto hablando hasta la madrugada sin que ninguna idea morbosa nos perturbara.   

Al final de la segunda semana unas preguntas retóricas surcaron la superficie lisa de mi serenidad: “Tanta gente me desea salvo uno que me importa de verdad. ¿Está prohibida la atracción entre nosotros? ¿Somos incompatibles en la cama? ¿No tiene interés por mí?” Me encontraba con mi querido rockero, el entendimiento fluía sin obstáculos y las preguntas se eliminaban por irrelevantes. El tiempo imponía sus reglas. Después del examen Emilio debía regresar a casa, un poco más antes que yo. Había una opción, la única: saborear los pocos trocitos de milagro que la casualidad nos había arrojado por capricho.

 

 

*

 

La noche de despedida… punzadas de dolor, picores de desilusión, tormentas de llanto me pillaron desprevenida. La sombra de una pérdida irrecuperable hundía sus dientes en mi corazón, más indefenso que la pulpa de una fruta durante una orgía gastronómica de avispas. No paraba de temblar, me reduje a las sensaciones de un junco destrozado por los vientos otoñales. La cena transcurría sin sorpresas ni tragedias. “Todo pasa y todo termina” – bromeamos entre guiños y risitas ahogadas. Mi voz no sonaba fúnebre aunque moría de desesperación por dentro, desesperación de una persona que vislumbra una pesadilla y se agarra a un clavo ardiendo, una mirada de su doble, un salvavidas en el océano de tinieblas. Una píldora difícil de tragar – Emilio quedó con unos chicos, dispuesto a pasarlo fenomenal, rockeando y emborrachándose hasta el amanecer. Yo no tenía nada que ver. Pensaba en hacerle una propuesta de reunir su grupo de amigos con mi grupo de amigas y organizar una marcha grandiosa. Palabras de invitación bailaban en la punta de mi lengua… y se marchitaron allí, víctimas de orgullo. No iba a dar el primer paso, no iba a ofrecerme en una bandeja.

¿Era posible inventar mejor solución que dirigirme al piso de mis amigas españolas y disolver la pena en el vino? No estaba acostumbrada a beber, así que dormí como un tronco y volví a la pensión a las seis de la madrugada. Un olor raro se diluía en el aire, mi olfato de sabueso captaba unas huellas conectadas con el misterio. No podía descifrar lo que buscaba o de lo que huía. Sin embargo, ningún suceso extraordinario turbaba la calma a mi alrededor. Un chile sabroso se convirtió en una momia yerta que enterró su cuerpo entre las sábanas llorando a lágrima viva hasta que se adentró en el reino de un sueño pesado.

Un golpe apenas perceptible me sobresaltó. ¡Por fin! Lo estaba esperando una eternidad. Emilio se presentó tambaleándose, desprendiendo tantos vapores alcohólicos que podrían matar un ejército de cucarachas. Surgía la impresión de que le hicieron una transfusión de whisky y toda su sangre se dispersó por los bares. Tabaco, sudor, regueros de lluvia, salpicados por su rostro, añadían más “encanto” a la imagen. “He venido a proponerte una cosa muy sencilla: acostarnos ahora mismo sin pensarlo ni darle vueltas. Sé que la idea carece de originalidad, está prestada de melodramas, yo mismo lo reconozco, pero…” – tartamudeó indeciso. “Ven aquí” – fue la respuesta. Yo, exageradamente melindrosa respecto a lo de suciedad, hedores, palabras explícitas, me derretía y me enternecía mirando sus zapatos manchados de barro, sus jeans manchados de la salsa de tomate, sus ojos vidriosos manchados de borrachera. Sí, los sentimientos glorifican cualquier detalle, incluso repugnante, no lo cambiaría por mil fragancias afrodisíacas provenientes de otro hombre.

Tuve que desnudarnos a los dos, ya que la coordinación de Emilio se asemejaba a la de un muñeco destornillado. Por un instante dudé de su capacidad de hacer el amor, pero la erección pétrea me demostró lo contrario. Pasamos por alto los preliminares. Había una tregua fugaz para disfrutar juntos y una avalancha de minutos para vivir separados, quizá hasta la tumba. Nos lanzamos uno a otro con entusiasmo de alpinistas ansiosos por encaramarse a la cima más alta del placer. Lo divertido es que sus movimientos torpes ni siquiera conseguían apuntar a la entrada y menos aún romper el sello. El lubricante que traje del baño ofreció una buena solución. Separé las piernas al máximo y expuse totalmente el territorio mojado de un modo artificial y natural a la vez. Yo misma le guié hacia la cueva estrecha que guardaba el tesoro de nuestro deseo. Poco a poco, centímetro a centímetro, Emilio me llenó por completo, conquistó todas las células. Se retorcía cobrando más y más ritmo en un intento loco de atiborrarme de estocadas y aguijonazos. No se preocupaba por mi comodidad ni por mi virginidad recién destruida. Me hacía daño sin necesidad alguna – mi vagina se acoplaba bien a su miembro, podría hacerme gozar con una velocidad más lenta en vez de triturar el lirio blanco de un cuerpo poco preparado para experimentos bárbaros. Tonta de mí… lejos de indignarme por su trato, le acariciaba las mejillas cubiertas de una barba incipiente, le complacía con hechizos tipo “te quiero”, “tómame”, “esta noche es sólo nuestra”, etc. Y él me tiraba del pelo, murmuraba la canción “Obscene” de Manson (un personaje a quien detesto, por cierto). En fin, unión de hard rock y baladas sentimentales. Un hijo travieso y una madre comprensiva ofreciéndole cobijo en el mar de su útero. Cuando estaba a punto de inundarme de su savia se empeñó en estrujarme el clítoris, de una forma brutal y sumamente excitante. No tardé en estallar a pesar del dolor. Emilio siguió mi ejemplo. Exhausta como un neumático después de un pinchazo, me acurruqué cerca de él, me apoyé  sobre su pecho que no marcaba ningún músculo y no llevaba ningún tatuaje o piercing (un “rockero inteligente”). Descansaba de lo lindo entrelazando mis piernas tersas con las suyas, peludas e inquietas, sin prestar atención al aliento mortífero de un dragón. “Lo hemos hecho y hemos triunfado. Es una experiencia real y vivida que no se borrará de nuestra memoria, ¿verdad?” Un abismo de silencio. “¡Emilio! ¡Emilio!” Mis manos palparon el vacío…

Me desperté empapada de sudor. ¡Un sueño! ¡Qué lástima! ¡Tan tremendamente real! ¿Y de dónde salió una escena del sexo duro si en realidad me inclinaba a la suavidad y armonía? Avergonzada, examiné minuciosamente mis partes íntimas. No me sorprendería descubrir un sangrado. Sólo había una ligera inflamación. El reloj dio las dos. ¡Dos de la tarde! ¿Se habría marchado el verdadero Emilio? ¿Estaría en el aeropuerto mandándome al rincón más olvidado del olvido? Me vestí de prisa para comprobarlo. Entonces se oyó un golpe apenas perceptible. Emilio se presentó tambaleándose, desprendiendo tantos vapores alcohólicos que podrían matar un ejército de cucarachas. Igualito a mi alucinación. Con una salvedad: llevaba una maleta. La resaca le daba un aire pesimista, una mueca de un niño, enfadado por la ausencia del postre. Os pido mis disculpas, no quiero recordarlo, esta visión me traspasa y me hiere si la evoco ahora, pasados 7 años. Además, hay poco que contar. Un abrazo cálido, unas palabras de cariño no fingido, un intercambio de correos electrónicos, un adiós que sabía a almendras amargas… De hecho, el olor a whisky persistió dos días. Ayudaba a imaginarle a mi lado. Me arrepentía de haberme dado cuenta de mi amor demasiado tarde. “Escupitajos del destino” – diría él.

La etapa final de mi estancia en España estaba cargada de un letargo nebuloso. La ciudad, desierta sin rockero de mi alma, me rechazaba, me empujaba en dirección de Budapest. Emilio se instaló en su isla. Entablamos un carteo que tendió un hilo aún más fuerte entre nosotros.

Me fui por la noche. Mientras caminaba por el aeropuerto y miraba los aviones, parecidos a murciélagos sedientos de sangre, me vi iluminada por un flash de un presentimiento inequívoco: mi historia no terminaba allí. Es más, acababa de empezar.

Este relato es más largo que el anterior por lo cual lo he dividido en dos partes. En perspectiva me gustaría escribir un ciclo de relatos dedicados a las peripecias de estudiantes extranjeras en España. Cada una tendría una personalidad única e irrepetible y una historia de amor peculiar.  Sería interesante averiguar qué tipo de mujer y qué tipo de historia os parecerá más atractivo y por qué. No sé si voy a llevar a cabo dicho proyecto, pero lo intentaré. Saludos.