de novias jovenes

Pepa
DSCN03.jpg
DSCN03.jpg
DSCN04.jpg
DSCN04.jpg
DSCN05.jpg
DSCN05.jpg
Edad:  24 años Nacionalidad:  Española  Estatus: Novia
Pepa

 

Email: marcos9098@mixmail.com

VOLVER A NOVIAS JOVENES

sexo lesbianas  jovencitas  sexo voyeur  fotos gay


La chica de la playa nudista de Maspalomas

De no haber sido porque los padres de Quique eran unos yuppies liberales, mi adolescencia hubiera transcurrido sin nada que reseñar. Eran los años posteriores a la Transición, y si bien había más libertades que antes, lo cierto es que yo no noté demasiados cambios tras la muerte de Franco. Aunque bueno, me pilló con 7 años y no recuerdo demasiadas cosas de por aquel entonces.

Esto ocurrió siete años más tarde, en 1982, el año de los mundiales, estaban casi terminando cuando nos fuimos de vacaciones. Mis padres no andaban muy bien de dinero después de que tuvieran que cerrar la pollería que tenían en la calle de la Farmacia, muy cerquita de la esquina con Fuencarral. Como Quique y yo éramos amigos de toda la vida, y para sus padres era casi un hijo más, me ofrecieron irme con ellos unos días al apartamento que habían alquilado en las Canarias, concretamente en Maspalomas. El padre de Quique era un directivo de la Talbot de Villaverde, y marchaban muy bien de dinero por aquel entonces, y con la cosa de que Quique no se aburriera, decidieron invitarme. No pude negarme, claro, y mis padres tampoco pusieron ninguna pega.

Yo no había montando nunca en avión, y solo había pisado la playa un par de veces, con lo que aquello era algo acojonante, encima iba a pasar diez días con mi mejor amigo. Solo con aquello, hubiera sido un verano perfecto, pero el destino hizo que fuese aún mejor.

Quique y yo compartíamos habitación, con lo que pasábamos las 24 horas del día juntos. Por aquel entonces, San Bartolomé de Tirajana era lo suficientemente tranquilo como para que los dos anduviéramos de un lado para el otro todo el día sin el menor problema. Nos pasábamos el día en la playa, y cuando se empezaba a ir el sol, nos pateábamos el pueblo de arriba abajo.

Una tarde, precisamente el día que se jugaban las semifinales del Mundial (que por cierto, menudo partidazo, el Alemania Federal – Francia), sus padres dijeron que íbamos a ir a otra playa para variar. Hicimos como siempre, nos pusimos el bañador, preparamos las toallas, la sombrilla, las esterillas y demás, y nos montamos en el Talbot Solara para bajar a la playa. Lo que no nos esperábamos ni Quique ni yo era que la nueva playa fuese a ser nudista, que empezaban a proliferar por aquella época. La gente andaba desnuda como si tal cosa, y Quique y yo flipábamos en colores. Antes de que pudiéramos opinar, sus padres ya se estaban quitando el bañador, y nos animaron a hacer lo mismo.

Recuerdo que me dio muchísima vergüenza, no por Quique, que llevábamos viéndonos desnudos todas las vacaciones, sino por sus padres, que quieras que no les conocía de toda la vida. El que ellos también estuvieran desnudos equilibró un poco la balanza, pero aún así yo no me sentía muy cómodo, así que a la mínima ocasión me fui con Quique al agua. Él estaba igual de sorprendido (y de medio empalmado) que yo, y decidimos aprovechar la situación para ver a tías desnudas. No había mucha gente en la playa, y menos chicas de nuestra edad, pero un par de nórdicas que rondarían los 30 eran suficiente para nuestras mentes calenturientas de adolescentes pajilleros. Y es que con catorce años, una simple teta consigue ponértela como una roca...

Una vez estuvimos un poquito más calmados, nos salimos del agua y fuimos a dar un paseo por la playa, pues a los dos nos daba corte estar con sus padres. El trozo reservado para los naturistas no era muy extenso, pero el suficiente como para que hubiera 30 o 40 personas bastante distanciadas y actuando con total naturalidad. Cuando ya íbamos a darnos la vuelta, descubrimos algo que nos hizo cambiar de idea. Era una chica joven, de unos 18 o 20 años, tumbada en una toalla tomando el poco sol que quedaba. Estaba realmente buena, tenía una melena rizada muy oscura, y un cuerpo tostado y sin una sola marca de bañador.

Noté que a Quique se le estaba poniendo dura, y a mi me pasaba tres cuartas de lo mismo, así que dije que nos metiéramos otra vez al agua para disimular. A mi amigo se le ocurrió algo mejor, irnos detrás de unas rocas y cascarnos una paja mientras observábamos el cuerpo desnudo de la chica, para así desahogarnos un poco y no tener problemas cada vez que nos cruzáramos con una tía.

No era algo que hiciéramos con frecuencia, pues siempre he pensado que hay cosas que es mejor hacer en la intimidad, pero coincidí con él en que era lo mejor. Nos sentamos en la arena, y cubiertos por algunos pedruscos, nos pusimos dale que te pego, cada uno con la suya, eso sí. Andábamos bastante parejos de material, aunque yo me había desarrollado más tarde y solo tenía un matojo de pelos sobre la polla frente al enorme bosque negro que ocupaba la entrepierna de Quique. Luego comprobé que no era para tanto, pero entonces me parecía que era casi un oso, al menos comparado conmigo.

La chica debía estar dormida o al menos adormilada, pues prácticamente no se movía de su posición. Nosotros en cambio no nos estábamos quietos. Yo al menos me pajeaba con todas mis fuerzas, pues me daba cosa que pillaran en plena faena, y Quique iba algo más despacio, aunque tampoco parecía que fuera a tardar mucho. Ya casi ni mirábamos a la chica, o bien cerrábamos los ojos para imaginarnos cualquier guarrada o bien mirábamos al otro para ver como iba. La cuestión es que nos despistamos demasiado, y cuando estaba casi a punto de correrme, nos interrumpieron.

Era la chica a la que habíamos estado observando, que debía haberse despertado y nos oyó cuchichear detrás de las piedras. La verdad es que fuimos muy poco discretos, pues en el agua hubiéramos estado algo más lejos pero no nos hubieran pillado. La tía nos montó un pollo terrible, diciendo que éramos unos pervertidos, que gente como nosotros le quitaban las ganas de ir a la playa, y no se cuantas cosas más. En el fondo tenía razón, hubiera sido más prudente haber esperado a llegar a casa y no liarnos ahí como dos niñatos salidos. A mi se me bajó el calentón de golpe, pero Quique seguía con la polla tiesa como si la cosa no fuera con él. Paró de cascársela, claro, pero la seguía teniendo igual de dura, lo cual a la chica en principio pareció enfadarle aun más.

Y digo en principio, porque tras echarle dos o tres miradas su expresión empezó a cambiar. Yo no se si es que nunca había visto a un chico empalmado tan de cerca o que, pero dejó de echarnos la charla y su tono de voz, aunque notablemente disgustado, parecía ser más indulgente. Empezó a decir que aquello no era justo, pues lo suyo era que todos nos viéramos desnudos con naturalidad, y que no hacía falta espiar a nadie para disfrutar del cuerpo de los demás. Dicho esto, agarró la polla de Quique con una mano y dijo que si queríamos podía ayudarnos, que en el fondo el naturismo también era colaborar entre nosotros, ser todos como hermanos y no se cuantos rollos más.

Los dos estábamos flipando, una tía que tendría cinco o seis años más que nosotros y que hacía un momento parecía querer matarnos a palos, ahora se ponía a pajearnos. A mi ver aquello volvió a ponérmela dura en un momento, y ella en cuanto lo vio usó su mano libre para pajearme a mí también. Quique y yo nos mirábamos con cara de asombro, pensando que éramos los tíos con más potra sobre la faz de la Tierra. Ni que decir tiene que ambos éramos más vírgenes que el Papa, y que aquello fue lo más cercano al sexo que tuvimos hasta cumplir los veinte años, con lo que es normal que aún hoy recordemos con todo lujo de detalles lo que ocurrió aquel día.

La chica se mojó las manos con saliva para deslizar mejor, y se puso de nuevo manos a la obra. Lo hacía muy deprisa, y teniendo en cuenta que nosotros ya estábamos a medias, era de esperar que no tardaramos mucho en corrernos. El primero fue Quique, que se puso casi a gritar instantes antes de hacerlo, lo cual hizo que la chica me soltara a mi y se pusiera a pajearle con las dos manos. Mi amigo soltó mogollón de leche, y le puso las manos perdidas a la chica, pues ella siguió cascándosela hasta que hubo terminado del todo.

Sin limpiarse ni nada siguió conmigo. Me dio un poco de reparo sentir la lefa de Quique en mi rabo, pero lo cierto es que sirvió como lubricante y aquello comenzó a dejar de importarme. Tampoco tardé mucho en correrme, teniendo uno de los orgasmos más fuertes de mi vida. Recuerdo que nada más terminar me tumbé de espaldas sobre la arena, y Quique y la chica se pensaron que me había dado un yuyu. Cuando volví en mí, ella se había sentado frente a nosotros con las piernas abiertas. Era evidente que estando en una playa nudista no era el primer coño que veíamos, pero sí con ese nivel de detalle. Tenía mucho pelo, pero aún así se distinguían las partes que nos habían explicado en el colegio: labios mayores, menores, e incluso lo que más tarde descubrí que era el clítoris.

Dijo que ahora nos tocaba ayudarla a ella, pues también tenía ganas de masturbarse. Evidentemente, no sabíamos ni por donde empezar, así que ella nos fue guiando un poco. A mí me dijo que me centrara en tocarle las tetas y los pezones, mientras que Quique le pasaba un dedo mojado en saliva por el exterior de su coño. De vez en cuando yo tocaba también, pues me gustaba el tacto suave y húmedo de su vagina. Al cabo de un rato nos dijo que trataramos de meterle un dedo cada uno, y así lo hicimos. Estaba realmente caliente, y era una sensación extraña sentir el dedo de Quique junto al mío allí dentro. Comenzamos a mover los dedos más deprisa, y la chica comenzó a gemir y a respirar más fuerte. Debía estar gustándole, pues nos pidió más caña.

Yo le metí otro dedo más, y al poco Quique me siguió. Costaba un poco, pues cada uno movía los dedos según le convenía, pero a la chica no parecía importarle mucho a juzgar por su cara. Quique y yo la teníamos dura de nuevo, y yo comencé a pajearme con la mano que tenía libre. Ella se dio cuenta, y nos las agarró de nuevo, esta vez con más furia pues no la quedaba mucho para correrse. Le dijo a Quique que le sacara los dedos y se dedicara a tocarle el clítoris, pues estaba casi a punto. Dicho y hecho, en cuanto mi colega comenzó a tocar por allí sus gemidos subieron de tono. Yo aceleré el ritmo todo lo que pude, y la chica comenzó a guiar a Quique con su propia mano para que fuese más deprisa.

Finalmente se corrió, pero nosotros no paramos y aquello fue interminable, al menos comparado con nuestras eyaculaciones, que es correrse y ya está. Ella estuvo más de un minuto retorciéndose, y como nosotros no parábamos, ella tampoco. Verla correrse me puso a mil, y esta vez fui yo quien se corrió de nuevo, formando un pequeño charco sobre la arena. Quique tardó un poco más, y como la chica estaba recobrando fuerzas, tuvo que terminar él mismo. Para ser su segunda corrida de la tarde fue más abundante que las mias juntas, no paraban de salir chorros de leche.

Estábamos exhaustos y algo pringosos, así que nos dimos un baño rápido y nos sentamos un poco a hablar con ella junto a su toalla. Nos ofreció un par de Ducados, y aunque no solíamos fumar, aceptamos por no quedar como unos pardillos. Nos contó que era de León, y que estaba allí con unas amigas de vacaciones, pero ellas no se atrevían a ponerse desnudas y bajaba ella sola por las tardes. A nosotros nos quedaban aun unos días para volvernos, pero por más que la buscamos, no volvimos a encontrárnosla por la playa. Ni que decir tiene que nos estuvimos matando a pajas recordándolo todas las vacaciones, el año siguiente, y hasta que conseguimos meter en caliente, pero a ella no la vimos más.

Cada vez que pienso en que si esta historia hubiera ocurrido hoy en día nos hubiéramos dado el móvil o el email y hubiéramos podido quedar los días que nos quedaban me dan ganas de tirarme de los pelos, pero en fin tampoco me puedo quejar. Cuando cumplimos los veinte, Quique y yo conocimos a un par de amigas, empezamos a salir, y en pocos meses ya nos habíamos desvirgado los dos. Yo seguí con ella y hoy tenemos un par de crios, y Quique la dejó a los cuatro años, conoció a una chica en Barcelona y se quedó a vivir allí, aunque también lo dejaron. No hemos perdido el contacto del todo, pero hace un par de años que no nos vemos en persona. No creo que llegue a leer esto, pero si lo hace, seguro que le gustará recordar la historia.