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REPARACION A DOMICILIO
Mi vida era tan anodina que cada día parecía un calco del anterior y a su vez del siguiente. Estaba empleado en un taller de electrónica como simple agregado, sin nómina ni contrato ni derechos adquiridos o por adquirir. Era una especie de comodín, obligado a estar siempre presto a realizar aquellos trabajos que los «técnicos cualificados» desechaban por su escasa o nula importancia. Mi horario era de lo más inconveniente, pues siempre había de estar localizado por si surgía algún imprevisto. Al menos no dejaba de ser un consuelo que el móvil de contacto fuera propiedad de la empresa y que las llamadas no me costasen un céntimo, aunque debía tener sumo cuidado con los excesos. A efectos laborales, constaba como «aprendiz en prácticas» y mis únicos ingresos estaban en función de los trabajos puntuales que realizaba.
Era mi patrón el venerable señor Meller, un curioso personaje que parecía extraído de un cómic, a caballo entre José Luís López Vázquez, por su esperpéntico nerviosismo, y Agustín González, por sus continuos exabruptos, calvo como ambos y mísero como él solo. De él se decían auténticas burradas, de las que no dejaré constancia aquí por no estar confirmada ninguna de ellas, aparte de ser por completo ajenas al interés del relato. Siempre vestía de negro riguroso, de pies a cabeza, aunque no me constaba que mantuviese luto por nadie. Dado lo apretado de puños que era, supongo que lo hacía por ahorrarse colores.
La explotación del ser humano es mal endémico difícil de erradicar. Con frecuencia pienso que no es cierto que la esclavitud esté totalmente abolida, sino simplemente enmascarada. Muchas veces yo me sentía un verdadero esclavo del señor Meller y no me quedaba otro remedio que sobrellevar sus continuos abusos porque era la única posibilidad que tenía de ganarme honradamente algún dinero. A mis dieciséis años eso era todo un logro y tenía, encima, que considerarme afortunado. El país andaba en crisis, la economía estaba por los suelos y no eran tiempos propicios para reivindicaciones. Tal era al menos la realidad que yo palpaba a mi corto nivel de entendimiento.
Huérfano desde los catorce, a la sazón vivía en una habitación que mi tía Anselma, solterona contumaz, me cedió en una pensión de media estrella que poseía en uno de los barrios de peor fama de la ciudad, donde los clientes siempre acudían por parejas y permanecían escasamente dos horas, circunstancia que me chocó al principio pero cuyo misterio no tardé mucho en comprender.
Como es fácil suponer, mi habitación era la más inhóspita y la peor atendida, teniéndome que encargar yo de su limpieza y puesta a punto, tareas en las que tampoco me esmeraba demasiado ante la falta de proporción entre mis esfuerzos y los resultados. De nada servía mantener abierta la ventana durante todo el día, pues el olor a moho parecía ser inherente a las propias paredes y no había forma de hacerlo desaparecer.
En invierno era tan fría, que ni aun acostándome vestido y cubriéndome con cuatro mantas era capaz de entrar en calor. Pero todo lo daba por bueno pues peor debían de pasarlo los perros que vagaban por la calle, a juzgar por los lastimeros ladridos que me llegaban a los oídos.
Aquella noche acababa de coger el sueño cuando la chicharra del móvil se puso en acción.
—¿Comercial Meller Electrónica? —inquirió una voz de mujer.
—Sí, dígame —el señor Meller ofrecía un servicio permanente de veinticuatro horas y, para ello, durante el tiempo que el taller estaba cerrado, derivaba el teléfono a mi móvil.
—Por favor, necesito urgentemente sus servicios —sonó suplicante la femenina voz.
—¿De qué se trata?
—Dentro de veinte minutos comienza mi programa favorito y mi televisor se ha quedado sin imagen completamente.
—¿Ha comprobado si está conectado a la red? —se daban casos en que estas cosas solían ocurrir.
—Sí, sí —aseguró la desesperada cliente.
—¿Ha pulsado el interruptor? —proseguí con mi interrogatorio.
—Sí, sí, varias veces. Pero como si nada.
—¿También se ha ido el sonido?
—Sí, también. Se ha ido absolutamente todo.
Era posible que se tratara de un simple fusible, pero el señor Meller me tenía ordenado estrictamente que, en tales casos, me las ideara para simular una avería más «consistente» que justificara el encarecimiento de la reparación. Así, pues, además de su nombre y dirección, pedí a la cliente que me facilitara la marca y modelo de su receptor.
Siguiendo un guión perfectamente estudiado, pasé antes por el taller para recoger un par de módulos a sustituir, tomados en perfecto estado de otro televisor de idénticas características caído en nuestras manos sabe Dios cuándo, y un receptor portátil de catorce pulgadas que sin duda causaría una gran alegría a la cliente, pues le permitiría ver su deseado programa durante el tiempo que yo invirtiera, hiciera falta o no, en la reparación.
Normalmente utilizaba para mis desplazamientos una vieja Derby heredada de mi padre, pero aquella noche hacía un frío de mil demonios y dada la hora que era, cerca de las dos de la madrugada, me decidí, como ya había hecho otras veces, a tomar una de las dos furgonetas de la empresa pese a que carecía de licencia para conducir tal tipo de vehículos. La dirección a la que había de dirigirme quedaba bastante retirada y no era cuestión de coger una pulmonía en el camino.
Cargué, pues, todo el equipaje en el coche, incluido mi impresionante maletín, y arranqué presuroso rumbo al número 20 de la calle Aldabín, en pleno núcleo residencial de Los Olivos. Durante el trayecto pude darme cuenta de que era el único idiota que circulaba a aquellas horas por la ciudad. Sólo la tenue música que salía de un club de alterne espantó de mí el fantasma de que pudiera hallarme en un lugar deshabitado.
El edificio al que me dirigía era un imponente inmueble de veinte plantas con fachada de mármol gris. La cliente, pues, no debía de ser una cualquiera y me sorprendió que, viviendo allí, no contase con al menos un par de televisores en su casa, costumbre ampliamente extendida entre la gente de bien.
Consulté mi nota para cerciorarme de los datos («Elicia Paredes, piso 10, letra C») antes de pulsar el botón correspondiente en el portero electrónico.
—¿Quién es? —surgió de las profundidades la conocida voz femenina.
No sé por qué, siempre que oigo una voz a través de un portero electrónico, tengo la impresión de que la persona que habla se encuentra como enjaulada.
—Servicio técnico de Comercial Meller Electrónica —aquel tipo de presentación me hacía sentirme importante.
—¡Oh, gracias a Dios que ha venido!
Se oyeron un par de chasquidos y acto seguido la puerta se abrió produciendo un sonido similar al de un fuelle.
Con mi maletín en una mano y el portátil en otra avancé hasta el ascensor, cuyas puertas permanecían abiertas. Aproveché la coyuntura para apretar el nuevo botón con la punta de la nariz y otra vez el mismo sonido de fuelle, esta vez más apagado, acompañó al cerrado de puertas. El aparato inició una silenciosa elevación y se detuvo sin sobresaltos en el nivel correcto. No me hizo falta buscar la puerta C porque ya la cliente («¡Madre de Dios, qué cliente!», no pude por menos que exclamar para mis adentros) estaba aguardándome con gesto impaciente.
—Buenas noches —saludé.
—Sí, sí, buenas noches —respondió haciéndose a un lado para dejarme paso y braceando nerviosamente—. Pase, pase...
Me llevó casi a empujones por un estrecho y corto pasillo hasta desembocar en un espacioso salón, débilmente iluminado por una lámpara de rincón que proyectaba la luz contra el bajo techo, esparciéndola uniformemente por toda la estancia. La intensidad era regulable y lo primero que Elicia hizo fue aumentarla hasta que casi pareció hacerse de día.
—Mire, mire —dijo, señalando hacia el impertinente aparato—. Ahí lo tiene, más oscuro y silencioso que la misma muerte.
El armatoste, de treinta y dos pulgadas, se encontraba (¡cómo no!) empotrado en un estante de un mueble-bar tan justamente calculado que sacarlo de allí representaba todo un desafío, pues apenas si quedaba espacio para meter las manos.
—¿Cuánto falta para que empiece su programa favorito? —pregunté antes de entrar en faena.
—Hace ya dos minutos que empezó.
—¡Vaya por Dios! —me lamenté. Y con toda rapidez busqué un enchufe libre y conecté el portátil, esperando que la propia antena del aparato sirviera para captar el canal que deseaba ver.
Mis buenos deseos se fueron al traste, pues el programita en cuestión lo emitían por un canal digital. El acceso al decodificador no ofrecía mayores dificultades, pero se daba la circunstancia de que el cable de conexión estaba unido a un euroconector situado en la parte posterior del mastodóntico televisor. No quedaba más remedio, pues, que empezar por extraerlo de su alojamiento y la empresa no se presentaba nada fácil.
—¿No tendrá, por casualidad, una mesa donde poder colocar el televisor? —pregunté mientras buscaba mentalmente una solución.
—¿Le sirve la mesa de cocina?
No servía la mesa, pero a la entrada descubrí un taquillón que por su altura y anchura se adaptaba como hecho a propósito para la finalidad que le pretendía dar. Lo arrimé al mueble-bar situándolo justo delante del receptor y me arremangué dispuesto a echar los restos en la tarea.
Observando el enorme trabajo que me estaba costando sacar el pesado aparato de su encajonamiento para colocarlo sobre el taquillón, amablemente Elicia se ofreció a prestarme su ayuda.
Debo señalar, llegados a este punto, que Elicia Paredes no era una mujer cualquiera. No creo que tuviera ni siquiera treinta años y al menos en mi opinión era todo un monumento viviente. No sólo era hermosa de cara sino que poseía, además, un cuerpo de los que difícilmente puede uno olvidarse. Sus ojos, de un gris verdoso, eran rajados, felinos; y sus labios, sonrosados y gordezuelos, evocaban los que debería de tener entre sus piernas, las cuales, por cierto, eran de la mejor calidad, como bien evidenciaba el corto camisón negro con que me había recibido.
Si a todo ello se añade que, en el momento de prestarme su colaboración, al inclinarse para sujetar el televisor por el extremo contrario al que yo sostenía, a través del holgado escote me ofreció una visión global de sus generosos senos, con pezones incluidos, se comprenderá que, a las dificultades intrínsecas de la operación que tratábamos de consumar, se uniera mi interés en demorarla lo más posible con tal de seguir presenciando tan fantástico espectáculo; lo cual tal vez fue un error, pues mis fuerzas se fueron debilitando en la misma medida en que mi miembro se fue exacerbando y, cuando quise abreviar, me costó doble trabajo.
Pero al fin conseguimos trasladar aquella mole al taquillón, liberar el cable del euroconector y poner en funcionamiento el televisor portátil, justo en el canal que Elicia anhelaba.
—¡Eres un cielo! —exclamó alborozada al ver las primera imágenes. Y, como recompensa, me dio un fuerte abrazo y me besó casi en la boca.
Loca de alegría se dejó caer en una especie de diván monoplaza con total descuido y se olvidó de mí. Yo, por mi parte, no pude olvidarme ni por un instante de aquellos formidables muslos que se exhibían ante mis ojos en su total magnitud, hasta su mismísimo punto de convergencia, donde unas delicadas braguitas, igualmente negras, salvaguardaban el último reducto de su decoro. Ni que decir tiene que sólo apartaba la mirada de tan fabuloso espectáculo el tiempo preciso para ajustar el destornillador en las estrías de los diversos tornillos que sujetaban la tapa posterior del televisor averiado, realizando el resto de las operaciones con la vista clavada en aquellas dos sólidas columnas de carne bronceada y brillante.
—¡Mira, mira! —gritó de pronto sobresaltándome.
Señalaba con su mano la reducida pantalla del portátil y hacia ella dirigí mi atención. Lo que estaba presenciando con tanto interés era un programa de variedades y en aquel momento el presentador daba la bienvenida al siguiente invitado, que en este caso era invitada. Mientras el plano era general lo único que advertí es que se trataba de una atractiva pelirroja, pero en el momento en que ofrecieron un primer plano de la recién llegada me quedé tan perplejo que el tornillo que en aquel momento estaba aflojando escapó de mi mano y cayó al suelo. De no ser porque la Elicia que yo tenía delante era morena y de melena más corta, hubiera jurado que la que estaba en pantalla era la misma persona.
—Se parece mucho a usted —comenté, desentendiéndome del tornillo fugitivo—. ¿Es familia suya?
—¡Soy yo! —exclamó ella agitando alegremente las piernas.
Me acerqué al televisor y me coloqué en cuclillas al lado de ella.
—¿Por qué lleva peluca? —pregunté—. Es usted más guapa al natural.
—¡Calla, calla! —me ordenó tajante, sacudiendo una mano.
Me dispuse a continuar con mi trabajo, pero ella me retuvo sujetándome por el brazo. Su camisón se había subido aún más y ya mostraba, al parecer sin darse cuenta de ello, sus braguitas al completo. Yo no dije nada, limitándome a mirar de soslayo. Mi postura me ayudaba a disimular la tremenda erección que ya tenía. Jamás había estado con una mujer y, desde luego, jamás había tenido ocasión de ver al natural unas piernas y unos pechos tan bien formados. Mentalmente, me la estaba trajinando y mi verga no dejaba de aumentar a lo largo y a lo ancho. Entre la calefacción y mi calentura, el calor empezó a hacérseme insoportable. Me quité el jersey y de buena gana me hubiera despojado también de la camisa y de los pantalones.
El presentador la estaba entrevistando acerca de no sé qué película y, de vez en cuando, intercalaban algunas escenas. En una de ellas Elicia se mostraba completamente desnuda, primero de espaldas y luego de frente. Otro actor aparecía de espaldas caminando hacia ella y, cogiéndola en brazos, la llevaba hasta una fastuosa cama y allí empezaba a cubrirla de besos desde el cuello hasta las ingles. Yo tragaba saliva sin cesar.
La entrevista terminó en medio de unos aplausos posiblemente grabados y Elicia salió de su embeleso.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó volviéndose hacia mí.
No sé si la pregunta se refería a la entrevista en sí (yo no me había enterado de nada en absoluto) o a las escenas.
—¿Es usted actriz? —obvié con otra pregunta tener que contestar a la suya.
—Es mi primer papel; pero está dando mucho que hablar. Esta es la tercera entrevista que me hacen y ya me han ofrecido actuar en otra película.
—Es lógico —se me escapó; e, intentando corregirlo, me apresuré a añadir—: Es usted realmente guapa y muy fotogénica.
Lo de la fotogenia lo había leído en alguna revista y tenía entendido que era algo muy importante a la hora de evaluar a una actriz.
—¿Te ha gustado la escena del desnudo?
—Resulta muy artístico —dije por decir algo.
—Pasé mucha vergüenza, pero creo que no se nota.
—A mí me ha parecido que está usted muy natural.
Ella se levantó y yo me vi en la obligación de hacer lo mismo. Aunque lo hice de la forma más discreta que me fue posible, no pude evitar que reparara en el sobresaliente bulto que evidenciaba mi alto grado de excitación.
—¿Qué edad tienes? —me preguntó.
—Casi diecisiete —contesté un tanto ruborizado por las circunstancias.
—Pues, a juzgar por lo que veo, pareces bastante mayor. ¿Cuánto mides?
—No lo sé —contesté hecho un lío—. No me lo he medido nunca.
Ella soltó una carcajada y, colocándome una mano en el hombro, se reclinó sobre mí hasta casi pegar su cuerpo al mío.
—No me refería a «eso», sino a tu estatura.
—Un metro ochenta, creo.
—Yo diría que algo más —dijo acabando de pegarse a mí del todo, no sé si para comparar su talla con la mía o para sentir la presión de mi cada vez más soliviantado pene—. Yo mido uno setenta y dos y me sacas toda la cabeza.
No me había visto nunca en otra igual y no sabía cómo salir del trance. Elicia se daba perfecta cuenta de ello y parecía divertirse conmigo.
—¿Has averiguado ya cuál es el fallo?
Me costó unos segundos saber a qué se refería.
—Aún no he tenido tiempo de mirar nada —respondí al fin—. Estaba terminando de destornillar la tapa trasera cuando me llamó usted para ver la entrevista.
—¿Te apetece tomar un café bien caliente?
—Bueno —dije encogiéndome de hombros.
En realidad me apetecía mucho más tomar otra cosa.
—Pues ve mirando a ver qué es lo que le pasa a ese cacharro mientras yo hago el café. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
El problema radicaba en el fusible que iba alojado en el propio enchufe y quedó subsanado al momento; pero declarar una avería tan simple, aparte de que me estaba completamente vedado por el señor Meller, me parecía en este caso concreto ridiculizar un poco mi propio oficio. Había que impresionar a la cliente y, de paso, justificar la factura. Así, pues, terminé de quitar la carcasa, abrí mi maletín y empecé a sacar todo el arsenal: soldador, pinzas, voltímetro, amperímetro… Cuando Elicia regresó con la cafetera y las tazas, se quedó maravillada de mi arte en el manejo de aquellos instrumentos.
—¿Cómo va eso? —preguntó en tono jovial.
—Creo que ya hemos dado con la enfermedad —contesté haciéndome el interesante—. Es un fallo en el módulo de alimentación. Debe de haberse producido una sobrecarga en el circuito de entrada y al menos dos resistores se han fundido.
—¿Es muy grave la cosa?
—En principio no se aprecian más daños. Cambiaré el módulo y haremos una prueba.
—¡Dichosos chismes! —maldijo ella—. Siempre se estropean en el momento más inoportuno. Y eso que apenas lo uso.
—La falta de uso es tan perjudicial como el abuso —señalé en plan docto. Y aunque no estaba seguro de que viniera a cuento, recordé lo que siempre repetía un profesor de educación física y lo solté de corrido, apropiándome de su autoría—: Ocurre lo mismo que con nuestro cuerpo. Si no hacemos ejercicio, los músculos se atrofian; si nos excedemos, se agotan.
—¿Cómo te gusta el café? —no pareció que mis explicaciones le interesaran lo más mínimo—. ¿Sólo o con leche?
—Lo tomaré igual que el suyo.
—¿Azúcar o sacarina?
—Lo mismo que usted.
—Con invitados así da gusto. ¿Te apetecen unas pastas?
—No, gracias. De comer, nada... —terminé de soldar el módulo inútilmente sustituido—. En fin, esto ya está. Veamos si hay suerte.
Volví a conectar el aparato, pulse el interruptor y, tras unos segundos de suspense, la gran pantalla cobró vida. Elicia dio un salto de alegría, volvió a abrazarme y esta vez me besó en la boca sin contemplaciones.
—¡Lo que hace el saber! —exclamó.
—No crea —tuve un rasgo de humildad—. No es tan complicado como parece.
Atornillé de nuevo la carcasa y, con su colaboración, devolvimos el televisor a su lugar de origen. Recogí todos los utensilios, puse de nuevo el taquillón en su sitio y me dispuse a tomar el café.
Ya casi tocaba el borde de la taza con los labios cuando Elicia se giró para coger el mando a distancia del televisor con tan mala (o buena) fortuna que me golpeó en el brazo y todo el contenido de la taza fue a parar a mi camisa y a los pantalones.
—¡Oh, Dios mío, qué estúpida soy! —se recriminó a sí misma, mientras corría a la cocina a por un paño y regresaba acto seguido a frotarme la ya inevitable mancha.
—Por favor, no se preocupe. No tiene importancia.
—¿Qué podemos hacer? —se preguntó ella sin dejar de frotar y acercándose peligrosamente a mi entrepierna—. Tendré que lavarte la camisa y los pantalones. Así no te puedes marchar.
—No es necesario que se moleste. A estas horas no me va a ver nadie.
—De ninguna manera —se empeñó ella—. Anda, quítate la ropa. Estará lista en una hora.
Viendo que me resistía, ella misma se encargó de desabotonarme y despojarme de la camisa. Como la camiseta que llevaba debajo se había manchado igualmente, también voló rápida por encima de mi cabeza. Cuando quiso desabrocharme el cinturón, mi oposición ya fue radical y, luego de forcejear unos instantes, se dio por vencida.
—¿Qué pasa? —se encaró conmigo, brazos en jarra—. ¿Nunca te has desnudado delante de una chica?
—Pues... —tartamudeé—, la verdad es que... no.
—Muy bien —Elicia encogió los hombros haciendo que las tirantas de su camisón se deslizaran por ellos—. Vamos a ver si así te animas.
La vaporosa prenda descendió hasta el suelo y Elicia se quedó con tan sólo las diminutas braguitas por todo atuendo. Me pareció un prodigio la firmeza de sus generosos pechos, cuyos erectos pezones parecían señalarme acusadoramente.
Intenté tragar saliva pero me fue del todo imposible. Mi boca y mi garganta estaban completamente secas.
—¿Todavía no? —siguió desafiándome. Y, al momento, las braguitas se fueron a hacer compañía al camisón.
Aunque con aquello no hacía sino aumentar aún más mi zozobra, apreté los dientes, me armé de valor y de un solo golpe me deshice de pantalones y calzoncillos, dejando que mi verga emulase en orgullo y presunción a sus pretenciosos senos. De igual forma que ella fijó su mirada en mi miembro, también yo di un repaso a su rasurado pubis en el que, ¡oh, cielos!, presentaba tatuado un escorpión con sus pinzas apuntando de forma amenazadora hacia abajo.
—¿De verdad eres virgen todavía? —me preguntó muy seria.
—Sí —respondí con la cabeza gacha.
Me asió la verga con una mano y comenzó a acariciarla suavemente. Acto seguido se agachó y se la metió en la boca casi hasta la mitad. Yo estaba a punto de explotar de un momento a otro, sintiendo cómo su lengua lamía mi prepucio. Fueron escasamente cinco segundos lo que duró aquel masaje. Consciente de mi ansiedad, volvió a incorporarse y sus ojos me parecieron más felinos que nunca.
—Creo que ya sé lo que vamos a hacer mientras se lava tu ropa —dijo al tiempo que la recogía del suelo y se dirigía con ella a la cocina—. Pero, antes que nada, nos daremos un buen baño, ¿te parece bien?
—Como usted quiera —murmuré yo.
—¿Te importaría tutearme? —pareció molestarse.
Me sentía la más imbécil de las criaturas. Miles de veces había ansiado encontrarme en una situación semejante y, ahora que todo parecía a punto de hacerse realidad, estaba como atontado, yo diría que hasta asustado por no decir aterroriado. Tenía la impresión de ser como un juguete en manos de una mujer sumamente experimentada, a juzgar por la naturalidad con que afrontaba una situación que a mí se me antojaba complicadísima. ¿A santo de qué venía aquella actitud para conmigo? ¿Sería una vulgar fulana?
—Oye, nene —di un respingo al oír su voz pegada a mi oído, pues ni siquiera me había dado cuenta de que se encontraba a mi lado—, aquí no se obliga a nadie, ¿sabes? Como comprenderás, hombres no me faltan. ¿Acaso prefieres que nos sentemos tranquilamente a ver la tele?
No sabía muy bien a qué venía aquella increpación. Lo mismo yo habia estado pensando en voz alta o simplemente había reparado en la cara de tonto que debía de tener yo puesta y se había sentido ofendida por lo que tal vez consideraba un desaire por mi parte. Si lo que perseguía con aquella puya que acababa de lanzarme era herir mi amor propio, lo consiguió plenamente.
Cuando se dio la vuelta con intención de volver otra vez a la cocina, la así por detrás y apreté entre mis manos sus altivas tetas, mientras cubría de besos su cuello y su hombro. Mi verga, que había empezado a desinflarse, rápidamente recuperó toda su pujanza y buscó acomodo entre sus mullidas nalgas.
—Tranquilo, muchacho, tranquilo —trató en vano de zafarse de mi abrazo—. Anda, vamos al baño.
Con los brazos caídos a lo largo del cuerpo —y supongo que con cara de circunstancias—, aguantó estoicamente mi súbito arrebato, que duró hasta que me di cuenta de que ella no participaba ni tenía la menor intención de participar.
—Lo siento —me disculpé apartando mis manos de sus pechos—. Ya te he dicho que no tengo la menor experiencia.
—En ese caso, déjame hacer a mí, ¿vale? —me pareció adivinar un velado reproche en su mirada.
—Haré lo que tú me digas —respondí sumiso.
Terminó de deshacerse de mi ya desangelado abrazo, me tomó de la mano y me guió hasta el cuarto de baño. Era inmenso, presidido por una bañera circular de al menos dos metros de diámetro, con una serie de orificios a lo largo de toda su circunferencia que me parecieron demasiado altos para ser desagües y demasiado bajos para evitar desbordamientos. Todo allí era de un color rosa pálido, excepto la grifería, que parecía de resplandeciente plata. Comparando aquel lujo con la roñosa taza, el ridículo lavabo y el minúsculo plato de ducha de que disponía yo en la pensión de mi tía, fui más consciente que nunca de la puerca miseria en que se desenvolvía mi vida.
Para mí significó todo un espectáculo ver la energía con que brotaba el agua de los grifos y lo fácil que resultaba regular su temperatura. Al introducirme en aquella bañera, bien despatarrado, por unos momentos me consideré el rey del mundo. Y cuando Elicia se situó entre mis piernas, reclinando su espalda sobre mi pecho, me sentí como un Marco Antonio con su Cleopatra.
—¿Te apetece un hidromasaje? —me propuso ella.
—Bueno —contesté sin tener la menor idea de a qué podía referirse.
Y de pronto descubrí cuál era el misterio de tantos agujeritos y aprendí que aquello era el famoso jacuzzi del que tanto se hablaba. Lo que más me gustó del hidromasaje fue el momento en que Elicia se giró para darme frente y empezó a acariciarme todo el cuerpo de pies a cabeza extendiendo sobre mi piel aquel gel especial que desprendía la más agradable fragancia que jamás percibiera mi olfato. Se entretuvo de manera especial en mi verga, apartando el prepucio hasta dejar el glande completamente al descubierto y esmerándose en la limpieza del mismo. Aquel roce continuado y suave sobre tan sensitiva parte era como la antesala del orgasmo. Mi falo volvía a ponerse tieso a rabiar y ni yo mismo creía que pudiera adquirir tales proporciones.
Cuando Elicia se echó hacia delante y puso su sexo en contacto con el mío, pensé que íbamos a hacerlo allí mismo, bajo el turbulento mar en que se había convertido la bañera; pero deduje que sólo estaba realizando algún tipo de prueba, pues se limitó a introducir en su vagina mínimamente el glande y después volvió a separarse.
—Tu turno —dijo risueña, pasándome el bote de gel—. Has de hacerlo de la misma forma que lo he hecho yo.
Durante largos minutos fui la dulzura en persona. Repetí con ella el mismo sistema que había aplicado ella conmigo y sólo al llegar a su vulva me surgió la duda ante la falta de equivalencia. Fue entonces cuando Elicia asió mi mano y me guió haciendo que mi índice explorara sus entrañas, después el dedo corazón y más tarde con ambos a la vez, para finalmente centrar la acción sobre una pequeña excrecencia que poco a poco le crecía como un pene en miniatura: estaba masajeando su clítoris y, mientras lo hacía, su mirada se enturbió extrañamente y pequeños gemidos, al principio casi imperceptibles y luego cada vez más intensos y seguidos, se desbordaron por sus entreabiertos labios.
Cuando todo parecía indicar que estaba ya al borde del éxtasis, apartó mi mano, aproximó de nuevo su sexo al mío y esta vez hizo que la penetración fuese total. Me pidió que me estuviera quieto y advertí como su vagina se distendía y contraía creando una especie de onda que recorría todo mi órgano desde la raíz a la punta, a punto de provocar en mí lo que quería provocar yo en ella.
—¿Cómo te sientes? —preguntó mirándome a los ojos fijamente.
—Como en la gloria —respondí, cada vez más relajado.
—Pues esto sólo es el purgatorio —sonrió separándose de mí y poniéndose en pie—. La gloria viene ahora.
Casi a medio secar nos trasladamos al dormitorio. ¡Dios mío, qué cama! Luz ambarina, música celestial. No faltaba detalle. No tuve tiempo de fijarme en mucho más. Elicia apartó el pesado cubrecamas y me hizo tumbarme boca arriba. Ella se colocó sobre mí en sentido inverso, de forma que mientras succionaba mi verga ponía al alcance de mi boca los carnosos labios de su vagina. Entendí que era una clara incitación y comencé también a lamer sus partes, haciendo hincapié en el rosado botón que tanto placer parecía depararle. Creo que llegó al orgasmo por la cantidad de flujo que en un momento concreto brotó de su hendidura. Me agradaba aquel olor que desprendía y me encantaba el sabor de su coño excitado.
—Para ser la primera vez —dijo—, no lo haces nada mal. Aprendes muy deprisa. Veamos cuál es tu capacidad de aguante.
Se incorporó y se dio media vuelta, colocándose a horcajadas sobre mí. No tenía ni idea de cómo lo había hecho, pero para entonces mi pene estaba recubierto con un preservativo. Lo engulló de un sólo golpe y mientras yo acariciaba sus senos mordisqueando de vez en cuando sus pezones, ella inició una larga cabalgada entre susurros y convulsiones crecientes en los que calculé hasta tres orgasmos más por su parte, mientras yo seguía resistiendo a duras penas hasta que, duplicando la velocidad de sus movimientos, acabó transportándome al más enloquecedor de los delirios.
Ahora ella sudaba más que yo y los cabellos se le pegaban a la cara. Dejóse caer a mi lado, y durante algunos minutos los dos permanecimos callados, con la mirada fija en el techo. Sólo fue un intermedio, pues al poco volvimos a beber una vez más de las fuentes del placer, pasando por varias formas hasta saciar de nuevo nuestro apetito.
No debía de faltar mucho para que empezase a clarear el nuevo día cuando volvimos a pisar tierra firme.
—Voy a secar tu ropa —dijo con voz melosa.
Fue cuestión de un cuarto de hora. Me vestí, recogí mis cosas y, no sin cierta tristeza, procedí a despedirme.
—¿No se te olvida nada? —me preguntó apartando la cara en el momento en que me disponía a besarla por última vez.
—Que yo sepa, no —contesté, tras cerciorarme de que en una mano llevaba el maletín y en otra el televisor portátil.
—¿Qué pasa entonces con el importe de la reparación?
Esbocé una sonrisa.
—¿No te parece que ya me has pagado sobradamente?
—Pero has cambiado una pieza. Eso debe de tener un valor.
—Y el desplazamiento, y la mano de obra... Todo tiene un valor; pero tú vales más que todas las piezas, todos los desplazamientos y todas las manos de obra, IVA incluido. Me alegro de haberte conocido y haber podido serte útil. Ya sabes que me tienes a tu entera disposición cada vez que me necesites.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, con ellas se cerró también aquel episodio de mi vida. Había sido maravilloso perder mi virginidad. En mucho tiempo aquella mágica noche anduvo siempre revoloteando por mi mente, sin alcanzar a saber si era producto de ella o realmente había sucedido tal y como ahora lo he recordado. Para mí siguió siendo Elicia; para Elicia sólo fue uno más, del que ni siquiera había llegado a saber su nombre.