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COMO EN LOS VIEJOS TIEMPOS
La lluvia chisporroteaba tras de los cristales como si fuera granizo. Beatriz, la sacrificada Beatriz, consumía sus últimas horas de célibe con la misma angustia con que había asistido a todo el proceso de su indeseado compromiso. Hincada la barbilla sobre ambas manos, contemplaba a través de la ventana de su dormitorio aquella densa lluvia que había empezado a caer de súbito, con la fuerza de un ciclón contenido, barriendo de transeúntes la siempre populosa calle Mayor.
No pensaba en Fermín, el impuesto novio que pronto pasaría a convertirse en su esposo, sino en David, su verdadero e inconfesable amor de siempre. David era guapo, sencillo, generoso; pero, al contrario que Fermín, no había tenido el privilegio de nacer en el seno de una familia noble. Aparte de cariño, honestidad y bondad, no tenía ninguna otra cosa que ofrecer; y eso era muy poco bagaje para integrarse en la reputada familia Robledollano.
Y es que, por mucho que le pesara, Beatriz era, ante todo y sobre todo, una Robledollano, sinónimo de riqueza y poder, y en su ámbito no había cabida para un cualquiera que se ganaba la vida ideando programas de videojuegos y fruslerías por el estilo, por muy bien pagados que sus trabajos estuviesen. Para formar parte de los Robledollanos no bastaba con presentar estabilidad económica y honradez, pues de la primera ya andaban más que sobrados y la segunda carecía de valor. Era preciso aportar rango, nobleza, distinción. Y los Robledoalto, el clan de Fermín, atesoraban dos títulos nobiliarios que, aun siendo poco o nada productivos, conferían grandeza al apellido y abrían puertas que siempre permanecerían cerradas a tipos insignificantes como David.
Ironías de la vida. Los Robledoalto sí que buscaban, en cambio, un soporte que diera equilibrio a su más que tambaleante economía y de aquí que Beatriz supusiera para ellos una presa codiciada, que no deseada.
Y Beatriz, víctima propiciatoria de todo aquel entramado de intereses, en el que los sentimientos no tenían más significado que los que el diccionario les quisiera dar, se debatía en su particular angustia sin nada que dar y poco menos que tomar, sintiéndose como animal destinado al degolladero.
Diecinueve años de ilusiones tirados a la basura; de virginidad guardada para que ahora un Fermín, al que había llegado casi a odiar porque nunca llegó a amarle, viniera a destrozarla sin más. Una isla de tristeza en un mar de desbordada alegría, pues toda la casa era un hervidero de gente afanándose en preparar lo que al día siguiente sería el gran ágape nupcial; toda la casa, menos aquel apartado rincón, la habitación de Beatriz, donde tan sólo se oía el golpear de la lluvia contra los cristales.
Y en un rincón de aquel apartado rincón, acoplado en un grotesco maniquí desprovisto de piernas y cabeza, el lujoso vestido de novia ya rematado y perfectamente adaptado hasta en sus mínimos detalles al joven cuerpo que debería lucirlo dentro de pocas horas. Beatriz se resistía a mirarlo, pues su visión nada más le servía para recordarle que aquello era pura realidad y no la pesadilla que hubiera preferido que fuese.
La lluvia amainaba y, poco a poco, la calle Mayor empezaba a recobrar su bullicioso aspecto de siempre. Casualidad o presentimiento, algo hizo que Beatriz girara su cabeza ligeramente a la izquierda y que su mirada se fijara en sólo una persona concreta de las muchas que transitaban por el lugar. Su corazón, antes que sus sentidos, la reconoció de inmediato e incrementó sus latidos hasta duplicarse. Era él, David, el que se acercaba a buen paso por la acera de enfrente.
Con gesto instintivo, Beatriz abrió la ventana y aguardó a que él llegara a su altura para llamarle a viva voz, sin importarle quién o quienes, aparte de él, pudieran llegar a oírle. David movió la cabeza desconcertado a un lado y a otro antes de fijar su mirada en la ventana desde la que Beatriz le reclamaba agitando su brazo. Interpretándolo como un simple saludo, respondió al mismo alzando también el brazo y se dispuso a proseguir la marcha. Pero Beatriz volvió a pronunciar su nombre gritándolo aún más fuerte.
El muchacho cruzó la calle y se situó debajo de la ventana, mirándola con aire de sorpresa.
—Necesito hablar contigo, David.
—¿Ahora mismo?
—Sí, ahora mismo.
—Está bien. ¿Dónde quieres que te espere?
Nunca la mente de Beatriz había trabajado con tanta rapidez. Ni siquiera sabía por qué ni para qué llamó a David y ahora lo veía de momento todo claro.
—Rodea la casa por el jardín —le indicó—. Espérame en la puerta de atrás.
—Pero, ¿cómo entraré al jardín? Si escalo la tapia, me verá todo el mundo.
—La verja no está cerrada con candado. Sólo tienes que descorrer el cerrojo. Nadie se dará cuenta.
—¿Te ocurre algo grave?
—Haz lo que te he dicho. Ya te lo explicaré.
Ni se molestó en vestirse. Se limitó a colocarse una bata sobre el camisón y, ajustando sus pasos al mismo compás presuroso que latía su corazón, avanzó a la carrera por los amplios y desiertos corredores que conducían a la puerta señalada, bajando escaleras de dos en dos peldaños y acuciada por un torbellino de ideas que la imposibilitaban pensar en nada concreto.
Cuando, con respiración anhelosa, llegó finalmente a su destino y encontró allí a David esperando con expresión desconcertada, se abrazó a él con ansia y dejó que, al fin, sus lágrimas brotaran dando suelta a toda la tensión almacenada en su alma durante los últimos días.
David, que tantas veces había deseado tener a Beatriz tan cerca y que jamás se atrevió ni siquiera a imaginarlo por saberla tan distante de él, ahora no supo cómo reaccionar. Su desconcierto se convirtió en casi desesperación y, no sin grandes vacilaciones, abarcó también con sus brazos aquel cuerpo joven y tembloroso al que tanto tiempo llevaba admirando en silencio, apretando los dientes para no romper a llorar también.
—¿Qué te ocurre, Beatriz?
Apenas si la había visto un par de veces en todo el verano que ya tocaba a su fin (¡se movían en ambientes tan distintos!) y en ambas acompañada de aquel Fermín al que de nada conocía y por el que, sin embargo, sentía una ojeriza que no sabía muy bien cómo justificar.
—Sígueme —dijo ella.
Se deshicieron del abrazo. Beatriz le tomó de una mano y, con la misma premura, deshizo el trayecto antes recorrido para retornar a su dormitorio, debiendo esta vez intercalar varias paradas a fin de evitar ser vistos por algunos sirvientes que se interpusieron en el camino.
Sin entender nada, David intentó saber qué estaba sucediendo; pero Beatriz, antes de que él llegara a pronunciar la primera palabra, siempre se llevaba un dedo a los labios indicándole que guardara silencio. Y tan pronto se consideró a salvo en su dormitorio, cerrada la puerta por dentro con doble vuelta de llave, de nuevo se arrojó en los brazos de David y se dejó llevar por aquel desconsolado y desconsolador llanto que había conseguido contener durante la furtiva marcha.
—¡Por lo que más quieras, Beatriz! —clamó él, presa ya del mayor azogamiento—. ¿Querrás decirme de una vez qué te sucede?
Y aunque no tenía previsto que nada de aquello ocurriera, Beatriz pasó a relatarle sin más los crueles designios que sobre ella se cernían: el impuesto casamiento con un hombre al que nunca había querido, lo inútil de su oposición al mismo, lo tremendamente infeliz que se sentía...
David, que por primera vez tenía noticias del asunto y que siempre había albergado la creencia de que Beatriz era una de las criaturas más felices del mundo, se sentía incapaz de encontrar palabras que pudieran servir de alivio a tanta pena derramada sobre su hombro. Se limitó en principio a acariciar aquella fina y suave cabellera rubia, mientras notaba cómo los brazos de Beatriz se estrechaban cada vez más en torno a su cintura. Consideraba que no era el momento propicio, pero no pudo evitar que su instinto básico despertara con toda la pujanza de sus veinte años. Llegó a sentirse incómodo y avergonzado, consciente de que a Beatriz no podía pasarle inadvertido lo que estaba sucediendo. Disimuladamente, quiso apartarse un poco para que la cosa no resultara tan evidente; ella, sin embargo, no le daba ninguna facilidad y, antes al contrario, parecía buscar que aquel contacto se intensificase en la misma medida que arreciaba en su llanto.
—¿Me quieres?
Aquella pregunta, susurrada a su oído, dejó a David aún más perplejo y le trajo a la memoria otros tiempos y otro momento (cinco años habían pasado, toda una eternidad). Entonces fue él quien formuló la misma pregunta a ella y obtuvo por respuesta una sonrisa que nunca supo cómo interpretar.
—Sabes muy bien lo que siento por ti —contestó él ahora.
Beatriz apartó por fin la cabeza de su hombro y, aún llorosos sus ojos, le miró fijamente.
—¿No han cambiado tus sentimientos hacia mí?
—Por más que lo he intentado, no ha sido posible.
—Sin embargo, tienes novia.
—¿Novia? ¿Te refieres a Isabel?
—¿A quién si no podría referirme?
—Eso ya pasó a la historia. Nunca fue una relación seria. Tu recuerdo pesaba demasiado sobre mí y ella no tardó en darse cuenta.
Beatriz trató de apretarse aún más contra él, pero no le fue posible.
—¿Sabes —dijo— que yo también te he seguido queriendo durante todo este tiempo?
Y antes de que él pudiera reaccionar, Beatriz le selló los labios con los suyos, poniendo en el beso toda la ciencia y pasión de que fue capaz.
Reacio o cohibido en principio, algo abrumado por tantas emociones seguidas, David no tardó en responder adecuadamente a aquel reto, olvidándose por completo de otros pormenores y dedicándose a saborear hasta el máximo la intensidad de la caricia. Su verga estaba a punto de alcanzar el más alto grado de vigilia, pero nada le preocupaba ya la medida en que Beatriz pudiera o no percatarse de ello. Sabía que la deseaba, pero nunca creyó que la deseara tanto. Empezaba a sentirse fuera de sí, rebasado por el clima que se estaba creando, algo increíble que por primera vez apreciaba en toda su magnitud.
Lo que Beatriz experimentaba no era muy diferente. Aquel acaloramiento que invadía todo su cuerpo le resultaba nuevo y, sin embargo, lo asimiló de inmediato como algo esperado o conocido. De sobras sabía que buena parte de culpa la tenían las continuas punzadas que sentía entre sus ingles, provocadas por un objeto duro y extraño que parecía querer perforarla, aun ignorando que ése era el fin que ella le tenía proyectado.
Y es que doña Beatriz de Robledollano y Alcarriales, potentada de nacimiento y bien pronto marquesa de Robledoalto por interesado connubio, no quería presentarse ante el altar esgrimiendo también el epíteto de inmaculada.
Lo había decidido de golpe, casi sin pensarlo, en el mismo instante en que, desde su ventana, su mirada fue a encontrarse con la familiar figura de David. Sería su pequeña o gran venganza. Puesto que así lo habían decidido otros por ella, sería de Fermín; pero Fermín no sería el primero. Al menos ese privilegio se lo otorgaría a quien ella había escogido.
Y ahora, lejos de arrepentirse, a medida que las manos de David se tornaban más osadas y empezaban a campar por territorios por los que ningunas otras manos masculinas (ni las del propio Fermín) habían campado antes desde que se convirtiera en mujer, su original deseo de venganza se convertía en otra clase de deseo bien diferente.
A David ya empezaban a molestarle sus ropas y más aún las de Beatriz. Suave era la bata y suave el camisón, pero en nada comparable con lo que lo eran su cuello y el nacimiento de sus hombros, únicas partes a las que tenía acceso por el momento. Y sus manos, que por encima de la ropa ya habían recorrido cuanto prudentemente les era permitido recorrer, ansiaban un contacto más directo. No le era fácil comprender la actitud de Beatriz ni tampoco se esforzaba en intentarlo. No sabía muy bien porqué estaba ocurriendo lo que estaba ocurriendo, aunque tenía bien claro que no se trataba de ningún sueño, por mucho que pudiera parecerlo.
Beatriz tampoco podía aguantar más tiempo. Aquella punzada no cesaba de incordiar y sentía un irreprimible deseo de conocer más de cerca el buril que la causaba. Sabía que el primer paso habría de darlo ella y se dispuso a darlo. Aspiró fuerte como si se preparara para una prolongada inmersión y, desafiando a sus nervios y salvando todas las barreras del pudor, se agachó hasta que su vista quedó a la altura del instrumento hostigador. No era experta en la materia y pidió auxilio con la mirada.
David no acababa de creerlo, pero las intenciones de Beatriz eran demasiado claras para ignorarlas y no sabía cómo tomarlas. ¿Por qué obraba así? ¿Qué es lo que quería demostrar o demostrarse a sí misma? ¿Qué hacía una dama de su alcurnia humillada de rodillas ante un simple plebeyo como él? ¿Qué esperaba que hiciera él? ¿Abrirse la bragueta y sacar a la luz la más inequívoca muestra de su deseo? No podía hacerlo. Lo había hecho muchas veces con Isabel; pero Beatriz era muy distinta en todos los sentidos. Los aristocráticos labios de Beatriz no estaban hechos para complacer a vergas tan prosaicas como la suya.
La indecisión de David acabó con la paciencia de Beatriz, que se dispuso a afrontar el paso que él parecía querer eludir. Deslizó con decisión la corredera de la cremallera de su pantalón hacia abajo y hurgó con su mano en el interior de aquel mundo para ella desconocido, abriéndose paso entre la ropa hasta dar salida al rebelde que allí se alojaba, sólida y ardiente barra de carne inflamada, que quedó apuntando hacia ella en actitud casi insolente. Pero poco importaba cuál fuera la actitud, pues Beatriz sabía muy bien lo que significaba aquella dureza indomable y aquella humedad que impregnaba el enrojecido glande y que ahora se adhería a su mano como si quisiera transmitirle su ansiedad.
No lo había hecho nunca y no sabía qué impresiones, gratas o ingratas, iba a percibir. Sin embargo, no lo dudó. Cerró los ojos para hacer más llevadero el instante y echó hacia delante la cabeza, haciendo que el hirviente falo se fuese adentrando en su boca hasta que la punta de aquél chocó con el fondo de ésta. Volvió a retroceder, ajustando su lengua a la sinuosa superficie, advirtiendo todas y cada una de las irregularidades que marcaban las hinchadas venas que la surcaban. Avanzó de nuevo, uniendo ahora el suave roce de sus dientes, como si quisiera allanar el terreno. Y comprobando que nada había de desagradable en ello, inició una larga serie de viajes de ida y vuelta hasta que el propio David la detuvo.
David, pese al enorme placer que sentía, consideró que verterse en la boca de ella era excesivo y, cuando lo presumió inminente, puso el freno a la enloquecedora caricia y obligó a Beatriz a incorporarse, procediendo a despojarla de la bata y, sucesivamente, de todo cuanto no fuera su propia piel.
Acarició y besó los pequeños senos, que le parecieron los más hermosos del mundo, auténticos símbolos a sus ojos de dulce juventud e inocencia sin mácula. Y sus manos, inquietas, fueron recorriendo aquel cuerpo que se le antojaba de fábula, una por detrás y otra por delante, hasta que aquélla alcanzó la curva imponderable de las nalgas y ésta se encajó en la molicie de una vulva que ya apuntaba las primeras muestras de desazón en forma de humedad cada vez más abundante.
Beatriz, transportada por no sabía muy bien qué nuevas y deliciosas sensaciones, acabó aferrándose también a la desnuda verga de él apretándola contra su vientre, como si quisiera dejarla allí marcada a fuego, acariciándola con la torpeza de unas manos cuyos movimientos escapaban a su control.
—Quítate la ropa y vámonos a la cama —alcanzó a farfullar sin poder conseguir que su boca quedara libre del acoso de la de él.
David, ya por completo soliviantado a resultas de aquellas primeras incursiones en el terreno más acotado de Beatriz y de la más que satisfactoria respuesta de ésta, se apresuró a cumplimentar la orden. Beatriz por su parte, aprovechó aquel momento en que quedó libre para correr y echarse sobre el lecho. Sintió algo de frío, pero pronto David lo remedió arropándola con su cuerpo. Estaba ardiendo, como en pleno ataque febril.
Sus sexos quedaron tan íntimamente unidos que sólo bastó que David imprimiera al suyo un leve empujón para que el ensalivado balano se hundiera en el de ella hasta alcanzar el débil tabique certificador de su virginidad.
—Adelante —animó ella.
Y David derribó aquel tabique, cubriendo a Beatriz de besos y caricias para compensar el posible dolor causado, mientras ella cruzaba sus piernas en torno a la cintura de él para consolidar aún más su entrega, sin que la sombra de Fermín asaltara para nada sus pensamientos.
Sólo existía David para ella en tales momentos y ninguna otra cosa distraía su atención ni ponía freno a aquel incipiente placer que poco a poco iba apoderándose de todo su ser, a medida que él insistía en sus embestidas, cada vez más intensas y profundas. Disfrutaba como jamás creyó que pudiera llegar a disfrutar en la siempre temida primera vez y su gozo era aún mayor al saber que David lo compartía por igual.
La dicha de David no era menor. Aunque ya con Isabel había experimentado reiteradas veces las dulzuras del sexo, ahora, con Beatriz, todo resultaba tan diferente que tenía la impresión de que también era su primera vez. No quería por nada del mundo defraudarla y, aunque ello fuera en detrimento de su propia complacencia, deseaba ante todo que ella alcanzara la satisfacción plena antes de conseguir él la suya. No, no le guiaba el deseo, aunque estuviera presente, ni era el elemental instinto el que dominaba sus actos. Era algo mucho más profundo, algo que había permanecido soterrado en algún rincón de su alma y que ahora afloraba con una fuerza tal que ahogaba cualquier otro sentimiento. No se atrevía a llamarlo por su nombre aun sabiendo muy bien de qué se trataba. Ni siquiera osaba pronunciar aquel "Te amo" que pugnaba por salir de sus labios. Lo único que quería era convertir aquel encuentro, tal vez el último, en algo tan inolvidable para ella como tan seguro estaba lo sería para él.
Cuando el cuerpo de Beatriz empezó a vibrar bajo su peso, cuando de su garganta escaparon aquellos sonidos inconfundibles, David se sintió el más feliz de los mortales y esa misma felicidad le llevó a unir sus propios estremecimientos a los de ella, mientras su sexo inflamado vertía toda su esencia en el maravilloso cáliz que le daba cobijo.
Y así quedaron largo rato, Beatriz deshecha y David deshaciéndola aún más con sus interminables muestras de cariño. Ya no era la luz del día la que se filtraba por la ventana y ningún aguacero turbaba el silencio cuando David, sabiendo llegada la hora, besó por última vez aquellos labios ardientes, volvió a colocarse sus vestiduras y, con un amargo "Hasta siempre" que bien sabía era un "Hasta nunca", abandonó aquella estancia para él ya sagrada y furtivamente, tal como había llegado, regresó a las afueras de la casa, confundiéndose con la multitud que poblaba la calle Mayor.
Desde su ventana, Beatriz le siguió con la mirada hasta verle desaparecer. Enjugó sus lágrimas, volvió a vestirse y, apretando su vientre con ambas manos, rogó a las alturas que aquella simiente que había recibido llegara a fertilizar. Y, sin más, se dispuso a afrontar el destino que otros se habían encargado de asignarle.