para a continuación irnos al circo los cuatro y pasar una divertidísima tarde riéndonos de los payasos que hacen carcajearse a Ana y Daniel y, por qué no decirlo, también a sus padres, que somos la Julia y yo. Cuando, de vuelta a casa, nos tiramos en el sofá, mientras los niños se van a jugar a su cuarto, Julia y yo nos besamos por veinticuatro horas magníficas. Sin embargo, mientras en la televisión la prima del cuñado de algún pariente asturiano de cierto cantante famoso desvela sus intimidades en el más profundo súmum de la telebasura, siento una sensación intentar apoderarse de mí, de mis músculos, de mis huesos, de mi mente. Con cuidado, dejo a Julia, que estaba dormida, apoyada en mi hombro, tumbada en el sofá, y apago el televisor.- Ummmm…- Julia abre lentamente sus bellos ojos y yo la miro con ternura.- Sabes, cariño, tengo ganas de irme a dar una vuelta, me siento como si me estuviera anquilosando entre estas cuatro paredes… no sé si…- Pero Julia asiente y sé que me comprende.- Vete.- me dice con una sonrisa.- Te entiendo muy bien, huye del aburrimiento, querido. Vete a pasear, al cine, o a tomar unas copas… ¿Cuánto hace que no vuelves borrachito del "Gran Rex"?- me pregunta con tono alegre.