E L J U E G O I N T E R M I N A B L E

Julieta y yo nacimos en el mismo barrio; ella era veinte días mayor que yo, su cumpleaños era el siete de febrero y el mío el veintisiete del mismo mes. Durante la infancia compartimos desde el jardín de niños hasta la escuela primaria, por lo que era natural que a diario se nos viera ir juntos a clases; teníamos ocho años y cursábamos tercer grado. En ese constante ir y venir de la casa a la escuela y viceversa no había día que no ideáramos una aventura diferente que complementara nuestro desarrollo. Como nuestra tierra era pródiga en vegetación y agua teníamos una amplia alternativa para escoger: En ocasiones íbamos a bañarnos al río, luego de salir de clases, antes de llegar a nuestras casas, o bien buscábamos ranas en las charcas y las poníamos a competir; marcábamos una raya en el suelo, que era la meta, nos alejábamos unos pasos y soltábamos a los bichos patudos, poniéndonos detrás de ellos, alentándolos a gritos para que saltaran más rápido. El que perdiera debía hacer todo lo que le impusiera de castigo el ganador; cuando yo ganaba invariablemente Julieta debía darme el postre que le pusieran para llevar a la escuela el siguiente día.

En cambio si yo perdía ella siempre me castigaba imponiéndome que fuera su novio por un día; y como ella aseguraba, Lo primero que hace uno cuando anda de novio es besarse, durante ese día, a la primera oportunidad y a escondidas, estaba pidiéndome que la besara. Francamente nunca le encontré la gracia al acto de juntar labios y narices como si fuera la gran cosa; pero como a ella le gustaba ese juego y yo había perdido nunca protesté. Otras veces nos introducíamos a escondidas a las huertas ajenas a robar mangos, guayabas, ciruelas o cualquier fruta de la temporada. Recuerdo que en una huerta había árboles de un fruto muy exquisito y escaso llamado lichi, el cual por ser escaso era caro y, en consecuencia, teníamos pocas oportunidades de comerlo. Si en nuestras casas no había lichis sabíamos donde hallarlos y nos dimos a la tarea de buscar la forma de entrar a donde estaban y conseguirlos y, para nuestra fortuna, encontramos un hueco en la enorme cerca de plúmbago que rodeaba la huerta; cuando recogíamos los frutos del suelo de pronto nos vimos rodeados de una parvada de gansos, que custodiaban el huerto celosamente, y nos han dado una tunda con sus picos aplanados y sus graznidos de corneta que los moretones nos duraron varios días. En nuestras casas también había árboles frutales plantados en los patios sin embargo preferíamos las huertas de otras fincas.

Si los días eran maravillosos las noches también tenían su encanto cuando la chiquillería de la cuadra nos reuníamos en casa de Julieta para escuchar los cuentos de espantos que narraba su hermana Alicia; esta tenía entre catorce y quince años y ya iba en secundaria. Era una excelente cuentista y tenía la virtud de mantenernos aterrorizados mientras iba narrando la historia. En esta ocasión contaría el terrible relato llamado La Venganza del Ahorcado. Se trataba de un individuo que era malo y perverso a más no poder; había cometido todos los delitos que se podían imaginar, razón por la cual se le juzgó y fue llevado a la horca. Cuando el verdugo ajustaba el lazo a su cuello juró volver del más allá para vengarse de los que lo habían juzgado y sentenciado a morir. El rostro que puso Alicia para darle más realismo a la escena fue impactante: abrió los ojos desorbitadamente y arrastró cada palabra para reflejar el odio que sentía el ajusticiado en ese momento. El relato era verdaderamente espeluznante y mientras lo escuchábamos dirigíamos nerviosamente la mirada hacia lo oscuro, imaginando ver la aparición de algo sobrenatural de un momento a otro por lo que nos repegábamos unos a otros, buscando protección en el que teníamos junto.

En el momento que el ahorcado volvió del más allá y cobraba su primera venganza Julieta me dice en voz baja al oído, Acompáñame al baño, me da miedo ir sola. ¡No!, contesté terminantemente ante lo absurdo de su petición a esa altura del relato. Tienes que acompañarme porque tu castigo no ha terminado y todavía eres mi novio y los novios siempre acompañan a sus novias, más cuando van a hacer pipí, murmuró ella tratando que nadie más escuchara. ¡No es cierto!, solo duramos de novios mientras es de día, ya que se hace de noche dejamos de serlo, traté de defenderme. ¡Para que lo sepas!, uno no deja de ser novio hasta que se duerme y como estamos despiertos todavía lo somos, afirmó con el seño fruncido y remató cambiando el semblante y el tono de su voz, Ándale, ven conmigo, no vaya a ser que se aparezca el ahorcado y me muero del susto; si vienes dejo que me veas mientras hago pipí, insistió Julieta tratando de convencerme. De momento no hallé que responder, la invitación era muy distinta a los juegos en los que habíamos participado hasta entonces, así que con esta inquietud y, pensando regresar lo antes posible acepté acompañarla por lo que camino al baño le advertí: Haces pipí lo más rápido que puedas y nos regresamos. Como el baño ocupaba una habitación independiente de la casa y carecía de corriente eléctrica, Julieta tomó una lámpara de mano que había para iluminar ese lugar.

Una vez en el sitio Julieta me entregó la lámpara para subirse la falda; acto seguido se bajó el calzón y se acuclilló en la taza del baño. Alúmbrame entre las piernas para que me veas, advirtió, mientras se preparaba para orinar, al ver que yo me distraía iluminando una cucaracha que subía por la pared. Dirigí el rayo de luz a la entrepierna de Julieta y, luego de fijar la vista, distinguí una especie de abertura en su piel de diversas tonalidades rojizas, de cuyo centro salió un chorro de orines, haciendo un sonido como el que hacía la manguera cuando regaban el jardín de casa. El espectáculo me despertó cierta sensación placentera por el lado prohibido que el acto tenía, pero no me pareció que fuera más emocionante que cuando robábamos fruta o bien cuando nadábamos bichis en el río para que no se nos mojara la ropa interior. Recuerdo que en una ocasión, al estar en el agua, vimos que llegaron varios chivos hasta donde estaba nuestra ropa, en unas piedras, y conociendo lo perjuiciosos que eran estos animales ya que en una ocasión que se metieron a la casa un par de ellos arrasaron con las plantas que adornaban el corredor así como con una parte de un mantel que estaba colgado en el tendedero, así que rápidamente salimos del río para espantarlos pero cuando llegamos al sitio los chivos ya se habían comido nuestros calzones, que eran las prendas que estaban encima de cada bulto. Le reclamamos al chivero el daño que nos habían causado sus animales pero éste se defendió alegando que nosotros teníamos la culpa por haber dejado la ropa tirada sobre las piedras y se quedó parado observando maliciosamente la desnudez de mi compañera de juegos. Tomamos nuestra ropa y nos retiramos apuradamente de allí. Qué bueno que vinimos a vestirnos acá, porque ese señor no dejaba de estarme viendo la cola, comentó Julieta. ¿Cómo te sientes sin calzones? le pregunté a Julieta por lo raro que yo me sentía, camino a casa. Siento que me entra aire por todos lados debajo de la falda, contestó sintiéndose extraña a su vez. Mamá estuvo un tiempo buscando entre la ropa sucia que debía lavar y preguntándose donde estarían esos calzones. A Julieta le sucedió otro tanto en su casa, pero como allí tenían perro a él le echaron la culpa y pensaron que los había tomado para jugar y, con toda seguridad, los dejó en la calle. En lo sucesivo procuramos ser más precavidos y cada que volvíamos al río nos metíamos con los calzones puestos y al salir los exprimíamos. Como quedaban algo húmedos se sentían incómodos un rato, ya después se acostumbraba uno y ni se acordaba que traía calzones mojados.

Ahora me toca verte a ti, señaló Julieta ajustándose el calzón, una vez que descendió de la taza. Sin estar plenamente convencido de lo que me proponía, sino más bien en un plano de igualdad, como eran todos nuestros juegos, le devolví la lámpara a Julieta y, aunque no tenía muchas ganas, me puse a orinar, iluminado por el haz de luz. Cuando uno es grande y se casa, ya cuando se hace de noche se debe quitar la ropa, hasta los calzones, aclaró, y así bichi se acuesta en la cama con su esposo; luego se abrazan y se besan y él mete eso aquí, señaló Julieta mi tilín y su cosa. ¿Por dónde?, pregunté intrigado tratando de entender ante mi total desconocimiento de la sexualidad. Por el hoyito que las mujeres tenemos abajo, aclaró Julieta con toda propiedad y agregó: ¿A poco no me lo viste cuando oriné? Yo nada más vi algo así como una rajadita brillosa, respondí dudando lo que ella afirmaba. Para demostrarte que es cierto lo que digo te lo voy a enseñar otra vez y ya no se te olvide, concluyó Julieta devolviéndome la lámpara para subirse nuevamente en la taza, con las piernas separadas y los calzones abajo, abriendo con sus dedos regordetes los bordes de su cosa. Para ser sinceros, después de iluminar un rato nuevamente, nunca vi el mentado hoyo que aseguraba, todo lo que descubrí fue una cosa alargada sin chiste, como especie de telera, con su partidura al centro, pero me quedé callado pues ya había visto suficiente y si le hubiera dicho la verdad allí me habría tenido las horas mostrándome todo su cuerpo, además, lo que a mí me interesaba era seguir escuchando La Venganza del Ahorcado que estarle viendo los entresijos a Julieta.

Cuando regresamos a donde estaba el círculo reunido ya no había nadie, el relato había terminado y todos se habían ido a sus casas, sólo estaba la mamá de Julieta cosiéndole los botones a un vestido que debía entregar. Me fui a mi casa sumamente molesto, renegando de haberme dejado convencer por Julieta lo que impidió conocer el desenlace de la historia. Permanecí unos días con esta duda hasta que, desesperado por saber que había sucedido con el ahorcado, una tarde volví a casa de Julieta para pedirle a su hermana que me contara el final de la historia. Julieta no está, salió con mamá, me recibió Alicia al abrir la puerta, pensando que iba a ver a su hermana. No vengo a verla a ella, quiero saber como termina el cuento de la otra noche, respondí esperando convencerla. Ahorita estoy haciendo quehacer, si quieres te lo cuento mientras aseo mi recámara, respondió Alicia encaminándose a su habitación, señalándome que la siguiera. Instalados en su habitación me preguntó hasta donde había escuchado la historia; una vez enterada, al tiempo que recogía trapos y tendía su cama, prosiguió con el relato hasta concluirlo, dejándome asombrado la violencia con que el susodicho ahorcado terminó con todos los que intervinieron en su ajusticiamiento; como castigo él también pagó por todo lo malo que hizo pues lo mandaron a los azufres hirvientes en el otro mundo. Yo francamente no supe que quería decir azufres hirvientes, pero me imaginé que debía ser algo que dolía mucho.

Ya te relaté el cuento que querías, ahora te toca a ti complacerme con algo que voy a pedirte, expresó Alicia mirándome con cierta picardía. Lo que tu quieras, respondí, imaginado que me pediría que fuera a comprarle algo a la tienda. La noche del relato, ya que lo terminé, fui al baño pues me andaba de la chis y sin que Julieta y tú se dieran cuenta vi como le enseñabas el pito a ella; no quise interrumpirlos pues estaban muy entretenidos con el juego; me gustó verte con el gusano de fuera, así que quiero pedirte que me lo enseñes a mí, solicitó Alicia sentándose en una orilla de la cama. Me pareció que la petición no tenía mayor importancia por lo que, de inmediato, me paré frente a ella, bajé el cierre del pantalón y puse mi diminuto pene ante sus ojos. Ella lo miró asombrada un momento y estirando su mano comenzó a tocarlo. La caricia surtió efecto y al instante se puso erecto. Quítate los zapatos y súbete a la cama, así los dos estaremos mas a gusto, señaló Alicia haciéndome lugar. Ya instalados en la comodidad del colchón me quitó toda la ropa, dejándome en cueros y preguntándome si quería que ella también se encuerara, y sin esperar mi respuesta se quitó toda la ropa. Era más alta que yo, su cuerpo era delgado; piernas largas, de busto tenía dos pelotitas rematados con unos pezones igualmente pequeños, su entrepierna empezaba a cubrirse de pelitos oscuros. ¿Qué es eso? Le pregunté a Alicia. Es un vello que a todos nos sale a determinada edad, respondió despejando mi curiosidad y agregó, ¿Te gusta verme desnuda? No hallé que debía responder y simplemente afirmé con la cabeza. Se me antojó mamarte el pito, comentó Alicia recostándome en la cama para acercar su rostro a mi vientre y posesionarse de mi pene con la boca.

Sonoros chupetones inundaron la estancia provocándome una agradable sensación entre cosquilleo y ganas de orinar. Ahora te toca mamarme a mí, propuso Alicia, al cabo de un rato, tendiéndose en la cama con las piernas abiertas. Advirtiendo mi total ignorancia al respecto sugirió, Arrima tu cara a mi bizcochito para que lo pruebes, verás que te va a gustar. Aproximé mi rostro hasta casi tocar su cosa, cuyos labios había separado con sus manos para que pudiera actuar apropiadamente. Chúpame este botón, señaló su clítoris con un dedo. La humedad imperante, el olor característico, la vellosidad alrededor de la zona y ese sabor salobre que probé, provocaron que sintiera cierta repulsión y por más que intenté poner mis labios en donde me indicaba no pude superar el rechazo que sentí, por lo que me concreté a tocárselo con la mano. Ella gemía y se movía toda al sentir como acariciaba su botón. ¡Ponme el pito aquí!, me urgió, señalando su raja. Con todo y que lo tenía bien erecto y además me sujetaba firmemente de las caderas apenas alcancé a penetrarla mínimamente, por lo que desesperada expresó, ¡Como quisiera que lo tuvieras grandote para que me lo metieras hasta el fondo! Con desesperación cambió de táctica rodeando mi cuerpo con sus brazos, ciñéndome al suyo, y enredando mis piernas con las suyas. ¡Mámame las chíchis!, solicitó urgentemente tallando su bizcocho apuradamente en mi muslo. Aquí no sentí ningún impedimento y estuve mamándole sus tetitas mientras ella frotaba una y otra vez su raja en mi pierna. ¡Muérdeme las puntas despacito!, solicitó Alicia, acariciándome por todas partes.

¡Apriétame las nalgas!, volvió a exigir mientras seguía restregándose en mi cuerpo. En cierto momento me abrazó tan fuerte que pensé que iba a despanzurrarme; enseguida deduje que solo deseaba que estuviera bien pegadito a ella mientras sacudía su cuerpo; luego de mantenerme sujeto y rozándome con su cosa velluda soltó un gemido largo y profundo y quedó rendida, respirando agitadamente junto a mí. Me gustó mucho ¿y a ti?, comentó Alicia cuando nos vestíamos. Aquí no tuve elementos para responder, ya que después de esa batahola que me atrapó ordenándome chupa, apriétame, muérdeme, méteme, todo al mismo tiempo, mientras permanecía sujeto al arco de unas piernas, en un juego en el que yo solamente participaba permaneciendo fijo para ser utilizado como juguete de frotación, y en estas condiciones, de momento, no sabía si aquello lo había disfrutado o lo había padecido. No le digas a nadie lo que hicimos, será nuestro secreto, y ya sabes que puedes venir las veces que quieras para que escuches otros cuentos, expresó al despedirme en la puerta.

Poco tiempo después nos cambiamos de casa y ya no supe que fue de Julieta y su hermana Alicia. Sin duda alguna deben ser un portento de mujeres pues las dos eran hermosas. Esta es la primera vez que relato el juego interminable que inicié en esa primorosa etapa de mi infancia.

dickon1015@yahoo.com.mx

    

 
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