Hora Robada

La última hora que pasé con mi mejor amigo antes de tomar el avión y despedirme de él para siempre.

 

“He perdido la batalla” – un estribillo zumbaba en mi mente con insistencia de un androide loco. Sí, perdí una larga batalla con prejuicios, tabúes, falsedades… El vacío triunfó como siempre. Me sentía más sola que una maleta abandonada en los rincones remotos de la estación. Toda mi vida colgaba de un hilo y se me escapaba a gotas.

- ¿Estás lista?

Claro. Lista para aceptar mi derrota y marcharme a casa sin pronunciar las palabras decisivas. Me acababan de crucificar y yo sonreía como si nada.

- Adiós, guapa. Eres fenomenal. Que te vaya muy bien, - dijo Manolo, dueño del hotel, un viejito pícaro con miles de aventuras escondidas en las arruguitas de su rostro, y añadió bajando la voz. – Si pudiera quitarme 20 años de encima te haría olvidar a ese estúpido que no se percata de la joya que tiene enfrente.

- Gracias, Manolo, me has ayudado muchísimo.

En efecto, aquel bonachón gracioso consiguió aliviar mis penas durante 3 días fatídicos en la isla de mi pesadilla que hace siglos había sido la isla de mi sueño. Distraída, me acomodé en el coche de Pablo. “El filo de mi amor, qué hiriente filo” – no dejaba de repetir para mis adentros. Un nudo en la garganta iba adquiriendo dimensiones inconcebibles (¿sería un nudo gordiano?). Milagrosamente no me impedía hablar o más bien articular frases prefabricadas. Arrancamos rumbo al aeropuerto bajo el acompañamiento de un disco de rock infernal que apenas se distinguía de un concurso de lobos hambrientos.

- ¿Lo has pasado bien aquí?

- Estupendo. “Me he convertido en una muñeca destripada que llora con ojos secos”.

- ¿Qué te parece mi novia Leticia?

- Fantástica. Una momia histérica, siempre vestida de un rojo agresivo, que aparenta 10 años mayor que tú aunque tenéis la misma edad. El principal atractivo reside en los millones de su padre. Los talentos sádicos también cuentan.

- Dice lo mismo de ti.

- Halagada. “Ya me imagino con qué cara de vinagre habla de mí, una amiguita estudiantil de su novio que vive muy lejos y se cartea con él durante tres años. Una amiguita enamorada en secreto que superó un montón de obstáculos, cruzó aires y mares para llegar a su tierra y comprobar que le había mentido todo ese tiempo. Nada de “almas gemelas”, ni “relación especial”, ni “simbiosis maravillosa”. Un puto juego inventado por aburrimiento. En realidad Pablo está extremamente contento de su rutina sosa, carente de acontecimientos. Y pese a ello un grito retumba en mis entrañas mientras miro de reojo su perfil y sus manos morenas: “¡Te quiero! ¡Te quiero!”

- ¡Cuántos piropos te ha echado Manolo! Supongo que lleva a cuestas un pasado de truhán y mujeriego.

- Sí, todo un personaje. Me ha apoyado tanto…

De pronto el conductor lanzó una ojeada aguda en mi dirección. La tensión se hizo palpable.

- ¿Apoyado? ¿En qué? Sabes, me contó una cosa rara de ti…

- ¿Y en concreto?

- No, imposible, tonterías.

Por lo visto Manolo cortó el nudo gordiano por mí. ¡Vaya bellaco! No debería intervenir, pero me libró de una carga insoportable. Ahora o nunca. Mi estocada final a las burlas de destino. Llené los pulmones de aire y solté lo primero que me ocurrió:

- ¿Te contó que te amaba desde el principio y vine sólo para verte? ¡Es verdad! Y seguro que la intuías.

El coche se detuvo bruscamente. El disco se apagó mandando al carajo el concurso de lobos. Pablo se puso rojo. Un guión predecible.

- Resulta que… Por supuesto… Sí, intuía la verdad y me engañaba, tienes razón.

- Al menos lo sabrás.

Tan harta estaba de callar que ni me inmutaba al confesar lo íntimo. Qué más daba. Pronto me perdería en las nubes y después – en el bosque de tiempo lleno de mi ausencia.

- Tú también has de saber algo, - las palabras le salían con dificultad y sonaban artificiales. – Aquella noche de fiesta, la última, te estaba buscando para pedir que te acostaras conmigo. No te encontré y fui a mi habitación donde me dormí en seguida, borracho como una cuba.

- Me quedé en el piso de mis amigas hasta la madrugada. Si me huberias avisado de tus intenciones…

Una punzada de desilusión, una pausa densa. Suspiró, volvió a empuñar el volante y…

- Espera. Hemos salido con antelación. Nos queda una hora y pico. ¿Y si te pido que te desvíes de la autopista y me hagas tuya en cualquier hotel? Vamos a cerrar el círculo, no hay nada que perder.

No me reconocía a mí misma. ¿Qué pasó con mis reticencias habituales? El concepto de “dignidad” me importaba un comino. ¡Por fin!

- Sería un hermoso regalo de tu parte, pero tengo compromisos y no voy a aprovechar tu debilidad pasajera.

¡Menudo sermón!

- Róbales una hora a tus “compromisos”. Más tarde recompensarás este desliz. Te van a perdonar. “Sí, porque estás atascado hasta la coronilla en la red de convenciones. Te van a perdonar, mi niño”.

Me adueñé de su mano y la puse en mi escote. A la otra mano le tocó mi rodilla desnuda. Totalmente ensimismado, se regodeó en el masaje de mis senos a la vez que recorría mis muslos y subía paulatinamente hacia la entrepierna cuyo incipiente picor me hacía saltar en el asiento.

- ¿Nos vamos? – pregunté entre lánguida y pícara rozando su bulto prominente.

Asintió en silencio y me besó con avidez antes de volver a arrancar. Estaba temblando toda, no sólo por la excitación, sino por el giro increíble de una charla neutra. “Manolo, eres un genio” – pensaba conmovida. Me llevé una grata sorpresa al notar que Pablo optó por conducir con una mano para seguir sobándome a su antojo. Tuve que reprimir una oleada de vergüenza. Pese a lo lanzada que me mostré era virgen. Desde que le había conocido me obsesioné con el sueño de entregarme a él por primera vez. Por ello di calabaza a muchos pretendientes atraídos por mi físico y guardé el himen a los 22 años. Los temores se disiparon cuando sus dedos se colaron bajo mi tanga y acariciaron la inocente hendidura. ¡Ojalá Leticia pudiera observarnos! ¡Que se joda! ¡Igual que su parentela soberbia! ¡Igual que este espacio podrido donde los impulsos se ahogan antes de nacer! ¡Que se jodan todos! ¡Va a pertenecerme a lo largo de una hora! ¡Una hora que equivale a milenios de su seudo existencia! – gritaba mi alma al compás de respiración agitada – fruto de habilidad con la que mi amiguito dejaba pasear la palma de su mano por el monte de Venus y hurgaba entre húmedos pliegues obrando maravillas con el botoncito hinchado en el que se acumulaban sensaciones exquisitas. Famélico, sediento, atrevido. Justo lo que ansiaba. Aquellos rescoldos de un deseo no realizado explotaron simultáneamente y nos absorbieron en su embudo luminoso. Atrapé su mano entre las piernas y marqué el ritmo de masturbación mientras unas lágrimas de triunfo (y de amargura) rodaban por mis mejillas y caían en el canalillo entre los pechos erguidos.

- ¿Por qué lloras, Iliana?

- Por nada.

Pregunta y respuesta de lo más tontas. Se inclinó para besar las huellas de mi llanto y de paso succionar rápidamente un pezón que libró de la copa del sujetador. “¡Cuidado!” – chillé desesperada. Unos segundos de demora y nos estrellaríamos contra un autobús turístico. Menos mal que el Dios de Lujuria nos protegía con tal de ayudarnos a transgredir las dichosas “normas”.

- ¡Madre mía! Primero tu confesión, después el camión. ¡Adrenalina a tope! Por fortuna ahí veo un simpático hotel…

Muy pronto irrumpimos en el “cuarto del pecado” riendo como niños que engañaron a un profesor sádico. Quitamos la ropa sin parar de besarnos. Cada beso se alargaba más que el anterior y llevaba mayor dosis de delirio. La fragancia de jazmín con la que suelo perfumarme se entremezclaba con los olores que desprendía su piel bronceada – tabaco, whisky, agua marina… Le abracé con pasión de una hiedra que se enredaba en los muros de casa paterna. Pablo se comportaba al estilo de un adolescente en su primera cita. Supongo que la erección descomunal aumentó su impaciencia y le impulsó a proceder directo, olvidando preliminares y rodeos. Daba igual. Para mí el Universo se concentró en las yemas de sus dedos y en las palpitaciones de su “bestia”. Ni siquiera me di cuenta cómo me encontré tumbada y abierta al asalto de una férrea palanca que por poco me desgarró en su avance impetuoso. Por un rato se quedó paralizado. “¿Has sido…?” “¿Qué importa? Ya no lo soy. Continúa” En efecto, el dolor físico, por más punzante que fuera, no se comparaba con el tumor maligno de angustia, como si alguien hubiera vertido unos litros de ácido corrosivo en mi interior. Me gustaba ser un mero juguete de sus egoístas necesidades carnales. Me gustaba ofrecer mi tierna conchita recién desflorada al taladro automático. Me gustaba estrecharle en mis brazos y susurrar palabras incomprensibles para ambos. “Acaba dentro, no estoy en mis días fértiles” – mentí (lástima que no me hubiera quedado embarazada). “Será un placer, cariño” – respondió entre jadeos entrecortados y se derramó al unísono con mis gemidos.

Yacimos exhaustos, rodeados de un hechizo que acabamos de crear en nuestro arrebato. Pablo fumaba y yo miraba las aspas de ventilador cuyo movimiento circular parecía firmar la sentencia de mi muerte. Más tarde me duché para limpiar las manchas de sangre y volví más que dispuesta a aprovechar al máximo los escasos minutos que nos quedaban. Exploré cada partícula de su cuerpo, besé cada recoveco, grabé cada detalle a fuego en mi memoria. No tardé en estimular su pene pese a lo inexperto de mis caricias. A su vez Pablo se entretuvo chupando mis pechos con frenesí de un vampiro y revolviendo su lengua violenta en mi abertura rendida, brillante de flujos. “Qué caliente eres para una mujer que acabo de estrenar. Leticia fue muy fría”. Sí, ella tenía en su aspecto el frío de una lápida. Además, le consideraba su propiedad y no veía sentido en una entrega absoluta. “Te amo” – estaba a punto de pronunciar, pero lo sustituí por un imperativo más apropiado para la situación. – “Tómame, el tiempo apremia”. Mis muslos se abrieron por instinto y le aprisionaron en una trampa sedosa. Me penetró despacio disfrutando de la estrechez de mi vagina acogedora. Nuestros ojos se penetraron también: unos verdes y otros oscuros reflejaron la misma tristeza y la misma fascinación. La cabalgata iba cobrando un ritmo vertiginoso que nos llevaba a la cima de una soledad compartida, hecha una haz de chispas deslumbrantes. Me encantaría morir en aquel momento demasiado íntegro, demasiado perfecto en comparación con los momentos que sobrevendrían después del aterrizaje de mi avión. Nos convulsionamos como dos condenados en una silla eléctrica murmurando nuestros respectivos nombres. Así nos recordaría hasta la sepultura. Unidos, entregados, disueltos uno en otro, mientras el reloj implacable marcaba la hora de partida.

Queda muy poco por contar. En el coche Pablo se mantenía un poco distante, abrumado por los fantasmas de sus “compromisos”. Desde siempre odiaba las despedidas, por lo cual le dije adiós de una manera atropellada y aparentemente tranquila. Cuando le abracé y le planté un beso fugaz en los labios tuve un presentimiento infalible de que no le vería nunca. Y cuando se marchó sentí que me transformaba en un monumento lleno de hielo en la superficie y de quemaduras en el interior. Las corrientes del aire cruzaban el estómago vacío del aeropuerto y me azotaban sin piedad. Cada paso por la pala mecánica era igual a una caída al precipicio. A lo largo de tres días posteriores desempeñé el papel de una máquina de lágrimas que asustaba a los transeúntes.

Con el correr del tiempo me vi obligada a cortar de un tajo cualquier contacto con mi amigo. Los dos aceptamos lo “imposible” de nuestra relación, pero él seguía removiendo el hierro en la herida y no me dejaba salir adelante. Se trataba de una manipulación que me hacía verdadero daño. La ruptura me curó. Encontré el consuelo al lado de un hombre mucho más viril que Pablo con su alma infantil y difusas reacciones femeninas que explicaban la sumisión a los monstruos como Leticia. No obstante, aquellas imágenes a veces se escapan del desván del olvido y vuelven a herirme con su nitidez hasta que consigo guardarlas en un cajón cerrado bajo siete llaves.

 

Se dedica a Pablo aunque no lo lea.

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