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MI PRIMERA VEZ COMO PUTA DINERO SUCIO Era un lugar exquisito, uno de esos sitios donde solamente gente como yo y como Sabrina podían permitirse el lujo de disfrutar. Estamos en el segundo plato y Sabrina me está hablando pero no le presto atención, realmente no me interesa nada de lo que pueda decir. Es una puta; en realidad es mi novia, pero ni un solo día la he deseado de verdad para algo que no fuera sexual. Miro de nuevo el plato vacío y juego con el tenedor. Un chirrido ¿involuntario? le pone los dientes largos a ella. "Por favor, no hagas eso cariño" – replica con su voz de hiena, intentando volver al hilo de su monólogo. "¿Llevas ropa interior?" – le pregunto cortándola. "No, cariño, como tú querías" – me sonríe pícara pero estúpida. En realidad solo salgo con ella porque, del círculo de amigas, era la que mejor proporciones curvas guardaba en su cuerpo y porque todos mis amigos la deseaban. Un trofeo muy decorativo. Cualquiera del restaurante, cualquiera de esos señores estirados que no le han quitado ojo en toda la noche, me hubiera pagado un montón de dinero por fallársela allí mismo, pero dinero es lo que menos necesito actualmente.
Llega el camarero, al fin una voz diferente. "¿Los postres señor Jorge?" – pregunta con la cortesía habitual. Con un suave gesto afirmativo le invito a nombrarlos. Finalmente pido el flan de huevo aderezado con almendra y hojas de menta, para mi; y el plátano con trufas bañado en nata para ella. Es una maldita zorra golosa, pero podría guardarse como el mejor momento de la cena, verla comerse el postre. Un pelo corto y rubio platino precioso, unos ojos color miel y unos labios rosados con un brillo exquisito. Una delicia de chica comiéndose un plátano de una forma tan sensual, que mis amigos, los que íbamos a encontrar ahora, se hubieran corrido solo con verla rozar su lengua por aquella fruta joven. Casi me provocó una erección si no fuera porque tuvo que decir: "Lo pasaremos bien en la fiesta de Marcos". Me miró sonriente lamiéndose el labio de la nata que le quedaba.
Sospecho que Sabrina tuvo algún tipo de romance o escarceo sexual con Marcos hace relativamente poco. Algo que no le reproché porque no habo cuando no estoy seguro de ello, y algo que no le reprocharé porque yo pruebo otras fuentes de placer siempre que puedo; pero algo que no me gustaría que ella siguiera haciendo. Pagué la cuenta, doscientos sesenta y cuatro euros, no está mal, suelen cobrarme más. Salimos del Marie Nuer, así es como se llamaba el restaurante. Íbamos a llegar tarde a la discoteca donde habíamos quedado con los demás, la Velvet Gold, pero a mi, sinceramente, no me importaba lo más mínimo. Conduje despacio. "Estás muy callado toda la noche ¿te pasa algo?" – comentó Sabrina mientras encendía un cigarrillo. La miré seriamente – "Sabes perfectamente que no quiero que fumes, y menos en el coche". Ella tiró el cigarrillo por la ventana curiosamente sin protestar.
Mi mano se posó en su muslo que, desnudo por aquella falda extracorta de cuero rojo, se movió inquieto. Sus manos acariciaron las mías, al fin y al cabo ella me quería más que yo a ella, o eso intentaba hacerme creer. Mi mano, con su ayuda, fue deslizándose al interior del muslo hasta que pude sentir el calor que desprendía su sexo desnudo. Efectivamente no llevaba ropa interior como me había prometido para nuestra cita de seis meses juntos. Mis dedos jugaron sobre sus carnosos labios inferiores; y un beso suyo, lento y suave en mi cuello, acompañó mi juego en su vagina. Disminuí la velocidad, la conducción me estaba resultando incluso agradable; hasta tal punto, que no existía forma de que mi pantalón ocultara semejante erección. Sabrina se percató del abultamiento y no dudó en cruzar su brazo por encima del mío hasta alcanzar mi bragueta. Con una mano poco diestra, la bajó lentamente y se adentró en mis calzoncillos hasta poder sacar fuera mi pene. Empezaba a estar realmente duro mientras ella movía la piel caliente arriba y abajo. La miré a los ojos durante unos segundos y estos mostraban vicio al tiempo que sus labios decían una y otra vez "bésame". Fue ese instante el culpable de que yo no viera a una mujer morena que cruzaba con su Peugeot. Di un volantazo pero mi Audi llegó a romper el faro de atrás de aquella zorra que bajó inmediatamente de su coche.
- "Pero… serás imbécil!! Mira antes de cruzar!!" – aquella morena se puso a gritar como una histérica poseída por el diablo, así que bajé de mi coche. - "Tranquilidad, ¿Estás bien? Todos estamos bien que es lo importante" – dije con la calma que me caracteriza, intentando poner paz. - "Que coño voy a estar bien! Mira lo que le has hecho a mi coche!" – tenía los ojos verdes y un cabello negro azabache precioso con dos coletas a los lados. No poseía una figura tan esbelta como Sabrina, pero sí unos pechos más voluptuosos. - "Pero tío! ¿Estás empalmado o que?" – no sé porqué tuvo que mirar ahí – "Mira Sara! El tío este está empalmado, seguro que se la estaba chupando su mujer!" – Sabrina no salió del coche. Asomó la cabeza desde el Peugeot una chica joven con el pelo violeta y pinchos de fijador barato para cabello seco.
Creo que fue un intento fallido de provocarme, y si la erección no me había bajado es porque solo pensaba en verla desnuda sudando sobre mi. Al final lo solucioné sin papeles de seguros por medio, unos cuantos billetitos, su cara de zorra sorprendida, un "Maldito pijo de mierda" y se largó.
Llegamos a la Velvet Gold. Odio esas colas enormes que crea esta discoteca cada vez que a Verónica, la novia de Marcos, se le ocurre celebrar alguna estupidez relacionada con su prometido, en esta discoteca para princesas guarras como ella y como Sabrina. Después de unos "Que tarde llegáis", "¿Qué ha pasado?", "¿Dónde estabais", "Siempre sois los últimos", bla, bla, bla… y las explicaciones pertinentes, estábamos todos en la pista de música rock independiente de los ochenta saludándonos. Pude ver como Sabrina saludaba especialmente simpática a Marcos y como este aprovechó para rozar su culo delicadamente por encima del cuero, al tiempo que Verónica, la pelirroja celosa, se interponía rompiendo tanta cordialidad entre mi novia y su prometido.
Julián y Lorena, que no llevaban más de tres semanas del embrujo de Cupido, se daban pequeños besos y bailaban sin soltarse. Fran y Manuel, los solterones de oro, bromeaban con cualquier jovencita que pasara cerca. Y yo me aburría. La música estaba bastante alta. "Voy a la barra a por algo de beber" – le indiqué a Sabrina señalándole la barra – "Cuídame a Sabrina… que no me fío de Marcos" – le comenté a Fran, con el que tengo más confianza, al tiempo que le dejaba con cara de sorpresa y un gesto de "ok". Después de atravesar un mar de gente insoportable, conseguí llegar a la barra en la que había un montón de bebedores compulsivos esperando que apareciese alguna camarera sonriente y con poca ropa, pero la barra parecía vacía. Decido ir a otra de las cuatro barras que tiene la discoteca y, casualidades de la vida, en la barra está la chica pelopincho violeta y consigo ver en la otra parte a su amiga morena de coletas. "Quiero hablar con tu amiga de coletas" – grito entre la música. La chica violeta hace una mueca burlona pero va a llamar a su amiga. Veo como hablan, la chica morena me mira rápidamente un par de veces y finalmente se acerca. "Dame una razón por la que debería atenderte" – grita con aire superior acercándose por encima de la barra para que la oiga. Esta vez puedo ver mejor su escote y su boca está a escasos centímetros de mi, pero mi control retiene el ansia de besarla allí mismo. "Si no dices nada me voy" – grita al tiempo que se percata de mis ojos centrados en su escote – "¿Qué coño miras?" – hizo ademán de marcharse pero sujeté su mano sobre la barra y me miró – "Me gustaría follarte" – le dije sin gritar mucho, cosa que provocó que se acercara para que se lo repitiera. Su mejilla sonrosada estaba demasiado cerca y mi cutis fino la rozó – "Que eres guapísima" – le dije al oído con mi mejor sonrisa. Ella rió llena de elogio – "Así que le gusto al pijo cabrón" – siguió amenazadora para no entregarme toda su sonrisa. –"¿Por qué no dejas de llamarme así?" – no me molestaba pero quería conocer mejor su conversación – "¿Vas a pedir algo o no?" – me increpó.
Hice un gesto afirmativo con la cabeza mientras sacaba las consumiciones que nos habían dado en la entrada. La ávida camarera morena con coletas acerco de nuevo su cara para escuchar mi pedido. Su pelo olía a jazmín entre el humo de la discoteca – "¿Como te llamas?" – le dije muy pegado a la oreja separándome con un beso fruto de un suave roce en su mejilla. Volvió a sonreír y sus ojos entornados indicaron extrañeza ante mí. La mire impasible esperando una respuesta y ella, ocultando su anonimato en la música que nos envolvía, siguió mirándome sin decir nada. No sé si pasaron minutos o segundos pero me perdí en sus ojos verdes, que brillaban ruborizados, mirándome inquietos hasta que una palabra suya me despertó: "Nicol". Su mano sujetó mi barbilla e intentó darme un pequeño beso rápido en la boca, pero saqué mi lengua que se cruzó con la suya. En la humedad percibí un piercing, mordió mi labio y se alejó hasta el otro lado de la barra. Iba a gritarla de nuevo, cuando apareció Sabrina a mi espalda abrazándome la cintura – "¿Llegan o no llegan esas bebidas, cariño?" – dijo cariñosa – "No llegan, esto está hoy imposible, vamos a otra barra" – contesté entre sonriente y enfadado conmigo mismo. Nicol era una guarra y se me resistía demasiado.
La noche parecía que transcurría divertida para todos, pero yo solo pensaba en Nicol, y Sabrina no se separaba de mí un instante; hasta hubiera preferido que la entretuviera el hijo de puta de Marcos, para poder escaparme un minuto. Pensé en volver a la discoteca a buscar a Nicol después de irnos, pero nos fuimos muy tarde, iban casi a cerrar. Me sentía furioso y con sed de sexo duro, algo que Sabrina no me iba a dar, así que cuando nos fuimos la llevé a su casa. "¿Qué te pasa?" – me dijo Sabrina ya en la puerta de su casa. "¿Tiene que pasarme algo?" – respondí a la defensiva mirándola sin temor. "Hoy hace seis meses que salimos juntos, no me he puesto ropa interior por ti y apenas me has tocado" – hablaba entre ligeros sollozos. Respiré hondo, prefería no discutir y tampoco terminar en su cama, sería demasiado agresivo para ella. Permanecí callado, me miró de nuevo, dio media vuelta y entró en su casa, aún llorosa y sin despedirse de mí. Era lo mejor para los dos.
De camino a casa, decidí conducir por la zona norte que solía ser más solitaria, sobretodo a esas horas. También era una zona muy transitada por los camellos y las prostitutas. Creo que esto último es lo que yo tenía en mente. Necesitaba una zorra que no me importase y encontré a una esperándome. Llevaba ropa azul, si es que a eso se le podía llamar ropa, tacones altos, medias de rejilla y el pelo negro oscuro con coletas; iba a ser mi Nicol esa noche. Me detuve. "¿Quieres compañía nene?" – se adelantó la prostituta a la ventanilla del asiento vacío. "¿Cómo te llamas?" – le pregunté a sus ojos llenos de maquillaje. – "Como tu quieras guapetón" – respondió lamiéndose los labios. – "Si no me dices tu nombre me largo" – me puse serio. "Me llamo Sofía y todo esto es para ti" – sus manos aprisionaron sus pechos abultándolos sobre la ventana. No quería salirse de su zona pero aceptó que la llevara a mi casa por poco más del triple de lo que me hubiera cobrado por follar en un descampado cercano.
Cuando llegamos a mi casa se quedó más tranquila al ver que yo era un tío con bastante pasta. Fuimos a la habitación y dejé los billetes sobre la mesilla, indicándole que podría recogerlos cuando hubiéramos terminado. Me senté sobre la cama observando como se quitaba la ropa. Los lazos azules que ataban su cuerpo se desenvolvían como seda fina. Sus tetas eran realmente grandes, no necesitaba aprisionarlas como hacía para aumentar su volumen. No podía aguantar más. Me levanté y allí de pie cogí uno de esos enormes pechos, que olían a perfume barato, y empecé a comerme su teta, a jugar con mi lengua, aprisionar su gran aureola con mis labios; mientras disfrutaba de una, pellizcaba el pezón de la otra enorme teta. Ella soltaba suaves gemidos, obviamente simulados para ponerme más caliente, pero lo hacía muy bien la puta.
Aún no había podido desvestirse cuando la eché sobre mi cama ancha con sabanas blancas de raso. Yo seguía con ropa, encima de ella, embistiéndola como si la penetrara mientras seguía lamiendo sus pezones. Poco a poco deslicé su tanga hasta que se quedó en un solo tobillo. Sus piernas, suaves y fuertes, casi de gimnasio me atraparon sin pensar por mi cintura. "Métemela ya" – susurraba Sofía. Lo cierto es que yo la tenía bastante dura y me detuve un instante para contemplarla allí acostada a mi disposición, lo cual me excitó más aún. Por dinero sí, pero era una desconocida que suplicaba sexo, una zorra forjada en el sexo más duro. Me desabroché el pantalón y a ella no le faltó tiempo para incorporarse, sacar un preservativo de su pequeño bolso tirado sobre la cama, y sacar mi miembro erecto para cubrirlo de látex con su boca teñida de violeta. Una boca insaciable que succionaba todo mi pene mientras estimulaba mis testículos con sus hábiles manos. Era una experta, a pesar de tener buen aguante casi me corrí, pero aquello no era lo que yo quería; yo quería penetrarla de verdad.
La cogí de sus cabellos hacia atrás indicándole que parara y ella se recostó mostrándome su vagina perfectamente depilada. Allí de pie vi una pequeña tortuga tatuada que mostraba la entrada a su cueva rosa. Acerqué mi pene a la entrada y ella lo acompaño con sus manos hacia adentro. "Más adentro" – me dijo encogiendo sus piernas hacia atrás y posando sus manos sobre mi culo semi-desnudo. Mantuve mi pene dentro de su ancha vagina con movimientos muy suaves, mientras nos mirábamos a los ojos y ella me enseñaba su lengua lasciva. Entonces la embestí fuerte un par de veces y ella gimió levemente; sentí que no era suficiente y sacando mi pene erecto de sus escasos jugos vaginales, lo coloqué en la entrada de su ano. "Por el culo no" – dijo en voz baja al tiempo que agarraba mi falo con sus curtidas manos. "Te hago lo que quieras, pero no doy ese servicio, tengo problemas médicos en esa zona" – se apresuró a decir. La miré incrédulo. "Creo que te he pagado más que suficiente por ello y más" – contesté levantando las cejas y esperando una respuesta afirmativa. "Por favor…" – susurró delicadamente al tiempo que cerraba los ojos.
Era tarde, la punta de mi pene ya presionaba fuerte en la entrada. Parecía mentira que una puta como ella tuviera reservado ese agujero, o quizá era verdad lo de los problemas médicos; lo cierto es que me costaba entrar y tuve que dejar caer un poco de lubricante natural de la boca. Ella respiró hondo y apretó los ojos cuando mi pene empezó a entrar lentamente. Salí y volví a entrar despacio un par de veces más mientras ella apretaba los dientes. Ella gimió; ya no era un gemido de puta, era un gemido de Sofía, un gemido real. Mis vaivenes empezaban a ser más flexibles penetrándola, y ella ya respiraba mejor, pero me miraba con ojos de rabia. Saqué mi pene y ella sopló de alivio. Me recosté en la cama lateralmente con ella, quedando yo a su espalda. Esta vez, con las piernas más juntas, mi pene entró fácilmente en su vagina y eso le gustó más. "Así me gusta", "Dame más", "Quiero que te corras", eran algunas frases demasiado típicas que dejaba escapar demasiado poco inspirada por su oficio.
Volví a abrirme paso con mi sexo erecto a través de sus nalgas sudadas. Su brazo se movió hacia atrás aferrando su mano a mi cintura, entre presionando mis movimientos y frenándolos. Sentí mi pene endurecerse más entrando y saliendo suavemente al ritmo en que ella respiraba inquieta. Sus uñas se clavaron en mi cintura agarrándome fuerte y yo aparté su cabello y besé su cuello. "Buena chica, Sofía" – susurré a su oído sin dejar de movernos. "Eres un cerdo hijo de puta" – contestó sin inmutarse y sin dejar de acompañar mis movimientos. Sonreí, me gustaba su actitud guerrera y a la vez resignada. Nuestros cuerpos sudados no dejaron de moverse durante mucho rato, mientras ella solo soltaba algún insulto entre gemidos ahogados. "¿Cambiamos de posición?" – propuso finalmente. "No… vamos lentos, no te preocupes" – respondí con confianza. Los movimientos siguieron lentos y mi pene se deslizaba cada vez más suavemente por su agujero anal; yo no me cansaba pero ella sí, el sudor no desaparecía y sus nalgas estaban enrojeciendo.
Mi excitación estaba llegando a su punto más alto después de más de dos horas y finalmente saqué el látex que cubría mi erección y me arrodillé con ella debajo. Deslicé mi pene sobre sus grandes tetas y Sofía inmediatamente lo aprisionó con ellas. Unos cortos pero fuertes movimientos bastaron para dejar mi cuerpo sin control expulsando todo el líquido que deseaba en aquel orgasmo. Giró la cara y manché su bonito pelo, su oreja y parte de mis sábanas caras. Me dejé caer en la cama a su lado, pero ella se levantó y fue al baño a limpiarse. Cuando volvió empezó a vestirse y cogió los billetes de la mesilla. "¿Puedo buscarte otro día por la misma zona?" – pregunté aún desnudo sobre la cama observando como se vestía con sus cortos trapos azules. La prostituta me miró con ojos oscuros de tono poco amigable sin decir nada; siguió vistiéndose y se largó en silencio con un portazo. Era ya de día pero me dormí.
Me despertó un mensaje al móvil. Me sentí mal porque era casi mediodía del domingo y no había hecho mis ejercicios matutinos, ni los cuidados de cutis, ni la dieta que mantenían mi cuerpo en forma y mi figura de guapo atlético. La verdad es que a mis veintisiete años, con dinero de sobra y un aspecto impecable, pocas mujeres sabían negarse. Era así de cruel la realidad pero yo la disfrutaba. Leí el mensaje del móvil, era de Sabrina: "Siento lo de anoche. Quiero que hablemos. ¿Quedamos para comer? Espero que estés bien. Besos. Te quiero". Era una estúpida que yo ya sabía como manejar, pero en el fono tenía algo que me gustaba; quizá su cuerpo, quizá su ignorancia... pero últimamente me atraían más las chicas de un nivel social y económico inferior al mío. Me asomé a la ventana grande que daba a la calle principal. No podía ser cierto lo que mis ojos vieron. Allí estaba la joven Nicol, con sus coletas negro azabache, un modelito digno de guarra de discoteca y con su coche mal aparcado, hablando con una mujer rubia madura.
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